Tomé la poesía entre los dedos.
Sentía que mi cara había pasado por todos los tonos de rojo habidos y por
haber.
-Gracias – alcancé a murmurar – hasta el
próximo miércoles.
Era el momento de iniciar una conversación.
No me animé. Lo de la poesía me tomó por sorpresa y no pude reaccionar. Di
media vuelta y salí del aula. Iba caminando por la mitad del pasillo cuando
noté que él iba a mi lado.
-Caminás rápido –me dijo, sonriendo.
Vi que tenía entre sus manos el celular, los
libros, los apuntes y la botella de Sprite. Hacía malabarismos para que no se
le cayeran. Seguro había juntado las cosas a toda velocidad. Le devolví la sonrisa. Quise creer que su prisa era por alcanzarme.
-Sí, siempre ando apurada.
-¿Mucho trabajo en el consultorio?
Debo haberlo mirado con sorpresa ante su
buena memoria, porque agregó atropellando una frase con otra:
“…a no ser que hayas cambiado de trabajo…¿no
eras secretaria? Bueno, eso dijiste en la primera clase…
Ahora era él quien se había ruborizado.
-Sí, sigo ahí… más o menos, qué se yo… cansa
andar a las corridas, pero bueno, ya estoy acostumbrada.
Sonrió. Sonreí. Llegamos a la escalera.
Julián ascendió un peldaño. Yo me quedé parada en el descanso.
-¿Subís o bajás?
-Subo – mentí. Lo cierto era que tenía que
pasar por la fotocopiadora a retirar unos apuntes pero el estudio podía
esperar.
Julián bajó los ojos hacia el piso, como si
no supiera qué decir, como si el silencio delatara que algo imperceptible
sucedía entre los dos.
-Así que escribís poesía…
Lo miré a los ojos. Estaba descubierta ante
Julián. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que lo sabía. No podía hacer
ese comentario sin tener una leve sospecha de lo que yo sentía por él. Además,
implicaba que había leído la poesía. Sí, él sabía que era el destinatario. No
cabía duda.
“… digo, porque claro, en efecto, vos
dijiste también que escribías la primer clase…, y el otro día en el bar se te
cayó ésta… perdónáme, la leí… no fue mi intensión… no quise...
Se había puesto nervioso y se enredaba en
disculpas. Lo miré a los ojos con una firmeza que me sorprendió a mí misma.
“… digo, quizás no era tu intensión
mostrarla y yo…
-No, no…
-Perdón…
-No, no. No, que está bien – Julián pareció
distenderse y respiró con alivio. Entonces, no sé de dónde saqué el coraje,
pero le disparé: ¿Y qué te pareció?
Próxima entrega: Una conversación de pasillo
con Julián (II).