10 de abril de 2014

Los temas subyacentes a la monografía. O leyendo entre líneas…

  Las semanas siguientes noté un cambio en la actitud de Julián hacia mí. Durante las clases interponía una barrera infranqueable, y al terminar éstas, no me daba la oportunidad de acercarme para hacerle ni siquiera una mínima consulta. Si lo miraba a los ojos con firmeza, bajaba la vista al suelo. Si desde el fondo del aula (y desde lo más profundo de mi corazón) le sonreía aunque más no fuera tímidamente, hacía sentir que mi gesto era invisible. Me moría de intriga por saber qué lo había hecho retroceder en sus ganas de conocerme. Algo estaba sucediendo y fuera lo que fuera, me carcomía el alma desconocerlo.
  Quedaba una última clase antes de la entrega de la monografía. El tema que yo había elegido a desarrollar como hipótesis del parcial-monografía era más que complejo. Se me había ocurrido indagar aspectos de un texto que nadie había explorado antes. Le había consultado por mail algunas dudas bibliográficas, que él había resuelto con líneas escuetas, corteses pero frías, donde me advertía que mi análisis era un tanto riesgoso. Quedaba sólo una clase y esperaba que en ella, Julián pudiera orientarme; y como excusa, acercarme a él con consultas.
   Por el tránsito me atrasé unos diez minutos. Subí corriendo los pisos de la facultad. No estaba preparada para lo que iba a suceder: cuando entré al aula, había sólo cuatro alumnos sentados en semicírculo, alrededor de Julián. Era época de parciales y la mayoría seguro habría faltado para estudiar. Sonreí con la esperanza de tener una clase no tan numerosa, lo que podía favorecer más tiempo al lado de mi profesor. Acerqué una silla junto a mi compañero Eduardo y me senté, expectante. Julián sonrió con pena.
   -Vamos a esperar un poco, pero si no viene nadie más, voy a suspender la clase.
   No podía ser cierto. La felicidad se me desdibujó del rostro. Bajé la vista para ocultar mi tristeza.
   -Además nadie leyó la bibliografía para hoy que… Laura…
   ¡A mí! ¡Se dirigía a mí! Finalmente había llamado su atención.
   -…su compañera Laura va a trabajar en la monografía con el texto de hoy… ¿alguien más lo leyó o va a analizarlo?
   Silencio rotundo. Ninguno, excepto yo. Julián fue despejando las dudas de cada quien sobre su monografía. Quedé para lo último pero ambos sabíamos de mi desafío intelectual en el análisis del texto.
   -¿Y vos, Laura? ¿Tenés alguna duda?
   Quería preguntarle qué le pasaba conmigo. Por qué se había vuelto tan distante desde la vez que me había acompañado hasta mi casa. Quería despejarle sus dudas acerca de mí. Quería que supiera que esa distancia fría que nos separaba, me estaba haciendo caer el alma en pedazos.
   -No, gracias – mentí.
   Julián dio por finalizada la consulta y por suspendida la clase. Me fui triste, esperando que mi desilusión no se hubiera notado. Pero no podía quedar así. Al regresar, le envié un mail. En ese intercambio, entre sus líneas y las mías, podía leerse algo mucho más interesante que una simple relación académica.
  

  Próxima entrega: Los mails, entre líneas.

6 de abril de 2014

¿La tercera es la vencida?


  El beso estaba a medio camino de mis labios y los suyos cuando sonó el celular. Julián sonrió con incomodidad y alejó hacia atrás su cuerpo mientras atendía el llamado.
   -Hola. Sí… voy, me demoré un poco…– contestó con voz cargada de rutina – …media hora.... listo.
   Julián miraba el piso. Cada tanto levantaba su vista hacia mí. Yo me había quedado petrificada con las llaves entre las manos y el beso rondando en el aire. Jugaba con una de las llaves, girándola entre los dedos.
   -Perdón –dijo, luego de guardar su celular.
   -Está bien. Nos vemos en la clase…
   La llave se resbaló entre mis dedos. Julián se agachó a recogerla. Me las dio. Por un segundo sentí el calor de sus dedos largos en mis manos. Me miraba a los ojos. El tiempo parecía haberse detenido. Sonreía. Las palabras no surgían de ninguno de los dos pero era evidente que queríamos prolongar el momento. Entonces, me tiré en caída libre. Sin pensar, sin medir los efectos que podrían tener mis palabras, brotaron para estrellarse en la frialdad de la noche.
   -Te invitaría a tomar un café…
   -Me encantaría… -dijo sosteniéndome la mirada.
   -Pero…
   -Es tarde.  
   No podía creer lo que estaba sucediendo. Todavía me sentía un poco débil del desmayo y el mundo empezaba a girar bajo mis pies. No sabía cuánto más iba a poder resistir la conversación. A esa altura dudaba acerca de que fuera mi debilidad la que me hacía notar que él también deseaba quedarse o si era yo que estaba haciendo una novela de una simple despedida. Sin embargo, Julián seguía estaqueado al piso.
   -Qué pena –y las palabras seguían fluyendo de mi boca, cada vez me hundían más en el piso. Bajé la mirada.
   -No –dijo con seguridad, e hizo que levantara la vista-. Qué pena, no. Algún día tomaremos un café …
   Ahora sí que el mundo giraba pero adentro de mí. No eran delirios. Me estaba arrojando una línea.
   -Sí, claro… bueno, buenas noches…
    Julián se acercó despacio y me besó en la mejilla. Pude sentir el aroma de su perfume.
   -Buenas noches, Laura.
   Mi nombre quedó flotando en el aire, igual que el beso en los labios que nunca voló hasta mi boca. Pero yo sabía que no tardaría en llegar.
  

  Próxima entrega: Los temas subyacentes a la monografía. O leyendo entre líneas…