Estaba sentada en la anteúltima fila de la
derecha. Nerviosa. Con mi carpeta de la facultad en la falda, tratando de
distraerme a mí misma con unos apuntes.
Había salido del trabajo a las corridas para
cambiarme en casa: pollera negra, remera de encaje blanca, campera estampada
con flores negras y blancas y cartera haciendo juego. Todo especialmente
elegido para la ocasión.
Alcancé a escuchar y ver de reojo que Julián
había llegado y saludaba a unos chicos
que estaban pasillo por medio, casi a mi lado, en el sector de sillas de la
izquierda. No me atreví a saludarlo. El creo que no me vio.
Julián fue a saludar a tres chicas que
estaban sentadas dos filas adelante. A la del medio, la saludó con algo que me
pareció un beso en la boca. Quise creer que me había equivocado pero a partir
de ese momento, mi corazón comenzó a
estrujarse. Una de ellas se corrió a un costado, dejándole el lugar libre.
Julián se sentó al lado de la chica del medio. Era una mujer común y corriente,
alta, de rostro sin rasgos llamativos, ni una gota de maquillaje, pelo corto
oscuro corte carré. Vestía un jean gastado y una remera que podría usar de
entre casa. Sí, había empezado a sentir celos. Y eso que aún no sabía lo que me
esperaba por sufrir.
La presentación del libro no había
comenzado. Ellos cada tanto hablaban pero no había nada que me hiciera pensar
que existía un lazo que los uniese. O quizás no quería verlo. Hasta que Julián
pasó su brazo apoyándolo en el respaldo del asiento de ella. No, no la estaba
abrazando. Eso no significaba nada.
En unos minutos empezó la presentación. No
hubo contacto por varios minutos (no sé cuál de los dos tomó la iniciativa) hasta
que Julián aferró la palma de ella, apoyándola sobre su rodilla y sus dedos
largos empezaron a acariciar con dulzura su mano, dibujando círculos
imaginarios con el pulgar. Fue el único y repetido gesto de cariño entre ambos,
exceptuando el leve beso, pero fue suficiente para hacerme pedazos el alma.
Durante dos horas soporté el padecimiento de
ver sus mutuas caricias en las manos y deseé ser yo quien ocupara el lugar de
ella. Deseé salir corriendo de allí y que con mi huida quedaran atrás mis
ilusiones por Julián, mi sentir, todo lo que había imaginado decirle esa tarde
y que tuve que callar. Sin embargo, no podía irme. Hubiera sido descortés y
desconsiderado de mi parte abandonar el salón en medio de la presentación.
En esas dos horas traté concentrarme en los
disertantes y a medias pude enterarme de qué iba el libro. De haber prestado
cien por ciento atención hubiera tenido una razón más para enamorarme de
Julián. Se nota que es un profesor inteligente y muy querido por la cátedra.
Pero estaba buscando motivos para desenamorarme y no los encontraba. Ni
siquiera ella. Ni siquiera él. De todas maneras, no era su culpa. Yo sabía que
me arriesgaba a amarlo en silencio sin saber su situación sentimental. Y sabía
perfectamente que era muy probable que en la presentación se develara ese
misterio. Quizás por eso había ido: para encontrar un motivo para olvidarlo.
Aún así, a pesar de ella, me iba con las manos vacías. En el fondo lo sabía:
alguien como él no podía estar solo, era demasiado interesante como para que ninguna
mujer lo hubiera descubierto. Y yo había llegado tarde. Lo peor de todo fue
darme cuenta, mirándolos juntos, de que eran tal para cual.
Terminada la presentación, no así mi
sufrimiento, quise saludarlo pero no me iba a acercar mientras ella estuviera a
su lado. Pasaron unos breves minutos. Ella se levantó y salió. Di unos pasos
hacia Julián y le toqué el hombro. Giró. Pareció sorprendido al verme. ¿No
esperaba que fuera? ¿Se alegraba?
Sonrojándome y sintiéndome incómoda, lo felicité.
-Gracias por venir, Laura.
Asentí. Murmuré la primera cosa que se me vino
a la mente para despedirme. Julián me volvió a agradecer. Dijo algo como “nos
vemos”. Me fui con paso ligero. Era inevitable no sentirme estúpida. Me había
enamorado de Julián sin ser correspondida en lo más mínimo. Salí jurándome
olvidarlo, como si eso fuera tarea fácil.
Llegué a casa, sin embargo, intuyendo que
Julián siempre tan caballero, iba a mandarme un mail agradeciéndome por haber asistido
a la presentación. Lo que nunca imaginé, entre tanto dolor, era que lo
recibiría tan pronto.
Próxima entrega: El último mail de Julián.