16 de septiembre de 2014

La presentación del libro


   Estaba sentada en la anteúltima fila de la derecha. Nerviosa. Con mi carpeta de la facultad en la falda, tratando de distraerme a mí misma con unos apuntes.
   Había salido del trabajo a las corridas para cambiarme en casa: pollera negra, remera de encaje blanca, campera estampada con flores negras y blancas y cartera haciendo juego. Todo especialmente elegido para la ocasión.
   Alcancé a escuchar y ver de reojo que Julián había llegado y saludaba  a unos chicos que estaban pasillo por medio, casi a mi lado, en el sector de sillas de la izquierda. No me atreví a saludarlo. El creo que no me vio.
   Julián fue a saludar a tres chicas que estaban sentadas dos filas adelante. A la del medio, la saludó con algo que me pareció un beso en la boca. Quise creer que me había equivocado pero a partir de ese momento, mi corazón  comenzó a estrujarse. Una de ellas se corrió a un costado, dejándole el lugar libre. Julián se sentó al lado de la chica del medio. Era una mujer común y corriente, alta, de rostro sin rasgos llamativos, ni una gota de maquillaje, pelo corto oscuro corte carré. Vestía un jean gastado y una remera que podría usar de entre casa. Sí, había empezado a sentir celos. Y eso que aún no sabía lo que me esperaba por sufrir.
   La presentación del libro no había comenzado. Ellos cada tanto hablaban pero no había nada que me hiciera pensar que existía un lazo que los uniese. O quizás no quería verlo. Hasta que Julián pasó su brazo apoyándolo en el respaldo del asiento de ella. No, no la estaba abrazando. Eso no significaba nada.
   En unos minutos empezó la presentación. No hubo contacto por varios minutos (no sé cuál de los dos tomó la iniciativa) hasta que Julián aferró la palma de ella, apoyándola sobre su rodilla y sus dedos largos empezaron a acariciar con dulzura su mano, dibujando círculos imaginarios con el pulgar. Fue el único y repetido gesto de cariño entre ambos, exceptuando el leve beso, pero fue suficiente para hacerme pedazos el alma.
   Durante dos horas soporté el padecimiento de ver sus mutuas caricias en las manos y deseé ser yo quien ocupara el lugar de ella. Deseé salir corriendo de allí y que con mi huida quedaran atrás mis ilusiones por Julián, mi sentir, todo lo que había imaginado decirle esa tarde y que tuve que callar. Sin embargo, no podía irme. Hubiera sido descortés y desconsiderado de mi parte abandonar el salón en medio de la presentación.
   En esas dos horas traté concentrarme en los disertantes y a medias pude enterarme de qué iba el libro. De haber prestado cien por ciento atención hubiera tenido una razón más para enamorarme de Julián. Se nota que es un profesor inteligente y muy querido por la cátedra. Pero estaba buscando motivos para desenamorarme y no los encontraba. Ni siquiera ella. Ni siquiera él. De todas maneras, no era su culpa. Yo sabía que me arriesgaba a amarlo en silencio sin saber su situación sentimental. Y sabía perfectamente que era muy probable que en la presentación se develara ese misterio. Quizás por eso había ido: para encontrar un motivo para olvidarlo. Aún así, a pesar de ella, me iba con las manos vacías. En el fondo lo sabía: alguien como él no podía estar solo, era demasiado interesante como para que ninguna mujer lo hubiera descubierto. Y yo había llegado tarde. Lo peor de todo fue darme cuenta, mirándolos juntos, de que eran tal para cual.
   Terminada la presentación, no así mi sufrimiento, quise saludarlo pero no me iba a acercar mientras ella estuviera a su lado. Pasaron unos breves minutos. Ella se levantó y salió. Di unos pasos hacia Julián y le toqué el hombro. Giró. Pareció sorprendido al verme. ¿No esperaba que fuera?  ¿Se alegraba? Sonrojándome y sintiéndome incómoda, lo felicité.
   -Gracias por venir, Laura.
   Asentí. Murmuré la primera cosa que se me vino a la mente para despedirme. Julián me volvió a agradecer. Dijo algo como “nos vemos”. Me fui con paso ligero. Era inevitable no sentirme estúpida. Me había enamorado de Julián sin ser correspondida en lo más mínimo. Salí jurándome olvidarlo, como si eso fuera tarea fácil.
   Llegué a casa, sin embargo, intuyendo que Julián siempre tan caballero, iba a mandarme un mail agradeciéndome por haber asistido a la presentación. Lo que nunca imaginé, entre tanto dolor, era que lo recibiría tan pronto.


Próxima entrega: El último mail de Julián.