Había entregado la monografía-parcial.
Julián tendría una quincena para corregirla. Dos semanas sin verlo. Sin
embargo, entre medio de esos días, estaba la conferencia a la que me había
invitado. Y obviamente, no pensaba faltar.
Llegué temprano. El aula estaba casi llena.
Divisé a mi compañero Eduardo, sentado al fondo. Lo saludé y me ubiqué junto a
él, mientras echaba un vistazo buscando a Julián. Mis esperanzas por verlo una
vez más se esfumaban con el pasar del tiempo. Dos minutos para la conferencia y
ni rastros.
El profesor titular se había ubicado al
frente, de espaldas al pizarrón. A su lado, el disertante principal. Estaba a
punto de dar inicio a la conferencia cuando Julián entró agitado. Hizo un gesto
con la cabeza, a modo de saludo hacia el titular de cátedra, y evaluando
espacios vacíos con una mirada panorámica que veía y no veía a la vez, se ubicó
unos metros delante de mí. Parecía como
si hubiera corrido para tratar de llegar puntual.
La conferencia comenzó y a pesar de que mi
atención estaba en las palabras que decía el conferenciante, el resto de mis
sentidos, magnetizados por Julián. Desde
donde estaba ubicada lo veía de espaldas y de medio perfil. Nunca lo había mirado
desde esa perspectiva, ya que siempre se sentaba frente a mí en las clases.
Me sentía un poco culpable por observarlo
tanto, como si mi vista pudiera descubrir sus secretos más recónditos sin que
él lo supiera. Y después de mirarlo tanto, llegué a la fatídica conclusión de
que lo mire por donde lo mire, me gusta más de lo que debería.
Cuando terminó la disertación, Julián salió
del aula y se quedó en la puerta, conversando con los demás profesores. Otros
alumnos los rodeaban. Pasé por su lado. Pude sentir su mirada al mismo tiempo
que mi brazo, sin quererlo (¿o queriéndolo?) rozó el suyo. Me sonrió. Le devolví el gesto mientras
sentía que todas las tonalidades del rojo subían a mis mejillas.
-Laura –alcancé a oír. Era su voz. Me
llamaba. Pero no podía darme vueltas. Apuré el paso.
Todavía me quedaban unos minutos antes de
volver al trabajo. Había pedido la mañana para estudiar. Aproveché para ir a la fotocopiadora. Estaba
lleno de gente. Saqué número y apoyé la espalda contra una pared, dispuesta a
esperar lo necesario. Quería conseguir los apuntes de Literatura General que me faltaban para complementar las
lecturas para rendir el final. En caso de aprobar el parcial, las fechas eran
en menos de un mes. Una vez aprobada la materia, la relación profesor-alumna con
Julián se acabaría, y con ella, las barreras que nos separaban... aunque esos
límites se quebrasen cada vez que me sonreía.
-Laura – otra vez él -. Se te cayó esto – me
dijo Julián, dándome un libro.
Próxima entrega: Ultima clase: la devolución
de la monografía.