15 de diciembre de 2014

El último mail de Julián.

   
    Se había terminado aquello que nunca empezó. Mis ilusiones estaban partidas en millones de pedazos imposibles de recobrar. Julián tenía novia. Pero sin embargo, había algo muy dentro de mí que me decía que él no quería perder el contacto. Y no me equivocaba.
   El día siguiente de la presentación del libro, recibí un mail de Julián. Me agradecía caballerosamente por haber asistido. Su cortesía le impedía el desdén del silencio. Me preguntaba si pensaba rendir el examen final de la materia a fin de cuatrimestre. ¿Acaso él también esperaba que yo dejara de ser su alumna para avanzar un paso más? El mail me había dejado confundida y sin saber qué pensar, con el alma revuelta de ilusiones como mariposas de alas rotas.
   Le respondí dejando puertas abiertas, que Julián no tardó en cerrar con el simple hecho de no contestarme. Fueron varios meses de silencio. Entonces decidí poner mis energías en las materias que debía aprobar para seguir con mi carrera. Aprobé los finales. Inclusive el de Literatura General. Afortunadamente, Julián no estuvo presente en la mesa examinadora. De lo contrario, no hubiera podido  concentrarme teniéndolo en frente por más determinación que tuviera.
   Dos días antes de fin de año, habiendo terminado mi primer ciclo en Letras, coincidimos con Julián en el chat. Era algo inhabitual en él. Nunca antes lo había visto conectado. Sentí que algo se encendía dentro de mí. Una sensación que creía extinta en el olvido. Su presencia virtual me trajo el recuerdo de su cabello castaño y corto, sus ojos de tierra y miel, su manera de pronunciar mi nombre. Algo más fuerte que mi voluntad me impulsó a hablarle.
   Para mi sorpresa, me contestó con rapidez y comenzamos a conversar. Hablando sobre libros y mi origen provinciano, le conté que tenía mi biblioteca descuartizada como Osiris: algunos libros aquí, otros en el interior.  Le di el pie para que me contara que él apenas tenía algunos consigo porque vivía en la casa de su novia y el departamento era muy pequeño, tan pequeño que “podría hacer que cualquier cosa devenga en ex”. Hablamos durante casi dos horas sin darnos cuenta del paso del tiempo. Hacia el final de la conversación, dijo que le había agradado hablar conmigo. Casi me quedo sin aire. Pero aspiré una bocanada grande y me animé a proponerle que siguiéramos la charla con un café, si eso no lo comprometía. Dijo que su situación era comprometida, “en efecto”. Lamenté que no pudiera. Insistió en que quizás algún día tomaríamos ese café. Quise creerle. Pero era como un pájaro en mis manos: se había dejado acariciar un momento para luego volar.
   Así se despidió Julián dejándome con el alma agitada por un huracán de sensaciones. Al pensar en él, a veces creo que es imposible que no se hubiera dado cuenta de mis sentimientos. Otras, me convenzo a mí misma que de tanto deseo por conocerlo, leí entre líneas lo que quise ver. Durante años me sentí presa de amor por él. Deseé librarme y volver a ser la de antes de saber de su existencia. Y al mismo tiempo, no hubiera cambiado nada en el destino.  En ese destino, que cinco años después, volvió a cruzarnos.


Próxima y última entrega: La vida vuelve a cruzarnos