Se
había terminado aquello que nunca empezó. Mis ilusiones estaban partidas en
millones de pedazos imposibles de recobrar. Julián tenía novia. Pero sin
embargo, había algo muy dentro de mí que me decía que él no quería perder el
contacto. Y no me equivocaba.
El día siguiente de la presentación del
libro, recibí un mail de Julián. Me agradecía caballerosamente por haber
asistido. Su cortesía le impedía el desdén del silencio. Me preguntaba si
pensaba rendir el examen final de la materia a fin de cuatrimestre. ¿Acaso él
también esperaba que yo dejara de ser su alumna para avanzar un paso más? El
mail me había dejado confundida y sin saber qué pensar, con el alma revuelta de
ilusiones como mariposas de alas rotas.
Le respondí dejando puertas abiertas, que Julián
no tardó en cerrar con el simple hecho de no contestarme. Fueron varios meses
de silencio. Entonces decidí poner mis energías en las materias que debía
aprobar para seguir con mi carrera. Aprobé los finales. Inclusive el de
Literatura General. Afortunadamente, Julián no estuvo presente en la mesa
examinadora. De lo contrario, no hubiera podido concentrarme teniéndolo en frente por más determinación
que tuviera.
Dos días antes de fin de año, habiendo
terminado mi primer ciclo en Letras, coincidimos con Julián en el chat. Era
algo inhabitual en él. Nunca antes lo había visto conectado. Sentí que algo se
encendía dentro de mí. Una sensación que creía extinta en el olvido. Su presencia
virtual me trajo el recuerdo de su cabello castaño y corto, sus ojos de tierra
y miel, su manera de pronunciar mi nombre. Algo más fuerte que mi voluntad me
impulsó a hablarle.
Para mi sorpresa, me contestó con rapidez y
comenzamos a conversar. Hablando sobre libros y mi origen provinciano, le conté
que tenía mi biblioteca descuartizada como Osiris: algunos libros aquí, otros
en el interior. Le di el pie para que me
contara que él apenas tenía algunos consigo porque vivía en la casa de su novia
y el departamento era muy pequeño, tan pequeño que “podría hacer que cualquier
cosa devenga en ex”. Hablamos durante casi dos horas sin darnos cuenta del
paso del tiempo. Hacia el final de la conversación, dijo que le había agradado
hablar conmigo. Casi me quedo sin aire. Pero aspiré una bocanada grande y me
animé a proponerle que siguiéramos la charla con un café, si eso no lo
comprometía. Dijo que su situación era comprometida, “en efecto”. Lamenté que
no pudiera. Insistió en que quizás algún
día tomaríamos ese café. Quise creerle. Pero era como un pájaro en mis
manos: se había dejado acariciar un momento para luego volar.
Así se despidió Julián dejándome con el alma agitada por
un huracán de sensaciones. Al pensar en él, a veces creo que es imposible que no
se hubiera dado cuenta de mis sentimientos. Otras, me convenzo a mí misma que de
tanto deseo por conocerlo, leí entre líneas lo que quise ver. Durante años me
sentí presa de amor por él. Deseé librarme y volver a ser la de antes de saber
de su existencia. Y al mismo tiempo, no hubiera cambiado nada en el
destino. En ese destino, que cinco años
después, volvió a cruzarnos.
Próxima
y última entrega: La vida vuelve a cruzarnos