1 de diciembre de 2013

La sospecha del amor.



   No podría precisar en qué momento o cómo lo supe. Quizás el destino decidió que surgiera lentamente, tan imperceptible, para que cuando por fin lo supiera, fuese inevitable y no me quedara más remedio que aceptarlo.
   El primer movimiento del azar, y del otro lado de la voluntad fue comenzar una nueva carrera universitaria. Luego de terminar la escuela había hecho varios intentos de seguir estudiando. Las aulas de la universidad me habían visto saltar de filosofía a sociología, de sociología a antropología, y de antropología a derecho. Así habían transcurrido cinco infructuosos años sin encontrar mi vocación. Hasta que Michelle, mi mejor amiga, me sugirió: "a vos que te gusta tanto leer, ¿por qué no estudiás Letras?". Y perdido por perdido, una vez más, me aventuré a los libros. Con veintitrés años recién estrenados y las ganas renovadas, me anoté en cuatro materias el primer cuatrimestre: Gramática, Literatura Alemana, Literatura General, y Linguística.
   El miércoles se había configurado en ser el día más agitado de mi semana. Salía una hora más temprano del consultorio en el que trabajaba como secretaria, para correr hasta la universidad y cursar los teóricos de Gramática. Volando en mi bicicleta hacía veinte cuadras hasta la casa de mi profesor de guitarra,  para después volver a cursar los prácticos de Literatura General, de 21 a 23 hs. 
   La primera clase fue el 7 de abril. Eso dicen mis apuntes, con letra redonda y prolija. Lo que no está escrito allí es lo que sucedió ese día. Tampoco creo haber sido consciente en ese momento de mis sentimientos ¿Acaso se puede saber cuando nace el amor... cuando el amor invade cada resquicio del ser, sin dar tregua ni siquiera al pensamiento?
   Abril traía sus noches de brisa fresca. Daban ganas de quedarse en el patio arbolado de la universidad. Sin embargo, las ansias de novedad hicieron que dirigiera mis pasos presurosos por el laberinto de pasillos. Subí dos pisos. La puerta estaba abierta. Aún era temprano pero ya había gente dentro del aula sin ventanas. Quedaban unos pocos bancos libres, desperdigados, esperando. De un vistazo general, comprobé que la mayoría pertenecíamos a la misma generación. Eramos alrededor de quince alumnos, entre varones y mujeres. Reconocí a Eduardo, con quien estaba cursando Gramática, y lo saludé con un gesto de la mano. Tomé asiento en la mitad del salón, contra la pared derecha que daba a la puerta. Saqué el block de notas de la mochila y una birome. Dejé la mochila en el piso. Respiré hondo. Me sentía algo cansada. Levanté la vista al escritorio vacío delante del pizarrón negro. 
   Pasaron cinco minutos. De a poco, el aula fue llenándose. Eramos veinte alumnos. Cuando entró el profesor, deseé que fuera el número veintiuno. Pero se sentó detrás del escritorio, dejó su celular y una botella de gaseosa sobre él, y mientras se presentaba, recuerdo haber pensado (como quien nota que está a punto de llover): “lindo mi profe de literatura general”.
   Lo segundo que recuerdo es apurarme para no llegar tarde a la clase y de a poco, verme a mí misma desde afuera de la escena, tomando apuntes, tomando nota de cada gesto, entonación, postura, de cada mínimo detalle que componía la imagen de Julián. 
Laura.
- próxima entrega en dos semanas- tema: ¿cómo es Julián?-


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