11 de diciembre de 2013

Composición del día. Tema: Julián.

    Julián tiene algo. No sé qué. Pero tiene algo que me atrae sin remedio. Bien podría pasar por un tipo común y corriente: de 1, 70 metros de estatura (yo luciría bien a su lado: apenas llego a 1,65 metros), delgado, sin evidencias de gimnasio en el cuerpo (ídem: odio la actividad física), jeans o pantalón de vestir, remera o camisa… sin embargo, lo miro, tratando de adivinar su edad (calculo que no llegará a los treinta) y me gusta el tono castaño claro de su pelo corto. Aunque más me gustan los rulitos rebeldes que le arremolinan el cabello. Me gustan sus ojos color de tierra y miel, que recorren la clase mientras habla, sin dejar a ningún alumno afuera. Me gusta mucho cómo le quedan los anteojos (de vidrio rectangular, con sólo un marco negro superior): combinan a la perfección con ese aire intelectual que tiene.
   Cada tanto pasa su vista sobre mí, y cuando por un breve segundo nuestras miradas confluyen, quisiera detener el tiempo, borrar el espacio y las circunstancias, para convertirme en el aire que respira, entrar en su cuerpo y leerle el alma, ser palabra y así salir de su boca besándole los labios.
    Cuando Julián habla sobre literatura, se apasiona. Se le nota el entusiasmo en la voz, en las muletillas que repite sin darse cuenta (“claro”, “… ¿no?”, “en efecto”). La mirada parece perdérsele en el todo y la nada, lee para ejemplificar, hace alguna broma literaria, y sonríe. Al sonreír se le iluminan los ojos y a mí se me clava una daga dulce en el centro del pecho. Cuando las palabras le gastan el aliento, Julián toma un sorbito de la botella de gaseosa de limón (siempre a su derecha), o mira disimuladamente el celular gris (a su izquierda). Frente a él, una de sus alumnas (-Laura Read. -¡Presente!), bebe cada sílaba que él pronuncia, transporta sus palabras a los apuntes, tratando de no perder la razón, intentando entender algo de Literatura General a través del torbellino que siente en el alma cada vez que escucha a su profe de prácticos, sorprendiéndose a sí misma por cada sensación que él le provoca, sin querer, sin saber, que está germinando en su alumna el diario de una pasión, una Literatura Particular, que lo tiene a él como protagonista.
   No quisiera que la clase terminara, a pesar de mi cansancio acumulado en la jornada. El miércoles es el día que más me esmero al vestir y maquillarme, con la ilusión de agradarle. Mis ojos de avellana registran de soslayo las miradas de otros hombres al andar por la vereda: aún con jeans y camisa, tacos bajos y mi cabello castaño oscuro, lacio y largo sin peinar, noto que los atraigo. ¿Pero le gustaré a él?
    Salgo de cada clase suspirando con angustia (literalmente, ojalá fuera una metáfora) pero feliz, sonriendo tanto que la sonrisa me duele.  Me repito a mí misma, de regreso a casa: “olvidáte, es tu profe, ni siquiera se fijó en vos”, “debe tener novia, alguien como él no puede estar solo”, “olvidálo”. Y me encuentro esperando ansiosa, nerviosa y tímida (¿tímida yo? nunca lo fui),  el próximo miércoles, imaginando durante la semana cómo será Julián fuera de su rol docente, qué cosas le gustarán, cuáles no, si será tan dulce y caballero como es de polite en las clases; y tratando de evaluar las chances de que se fije en esta pobre mujer que lo quiere conocer, que se muere por conocerlo, y sin embargo, debe callar.

Laura.


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      Próxima entrega: Primer contacto, primer mail -

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