No soy tímida. No con el sexo opuesto.
Siempre me sentí segura y hábil con mis armas de seducción. Sé que soy una
mujer atractiva. Noto cómo los hombres me miran por la calle, incluso cuando
salgo sin maquillaje y con ropa informal. Nunca me costó acercarme a alguien
que me gustara. Tengo confianza en mí misma como mujer y sé qué hacer para que
el otro se fije en mí. Sin embargo, algo
me pasa de manera diferente cuando Julián me mira o me habla.
Hace un mes que empezó la cursada. No puedo
dejar de desear que las clases se sucedan más despacio. Espero toda la semana que
sea miércoles, 21 hs. Y cuando llega el momento, me paralizo. Creo que me quedo
inmóvil por temor a ser impulsiva y besarlo sin que nada más importe. Sí, lo
confieso. Tengo miedo de que los demás alumnos se retiren a las 23 hs, de quedarnos
solos en el aula, acercarme al escritorio mientras él junta sus apuntes, mirar
a los ojos a mi profe de prácticos y en un acto de arrojo, besar sus labios. No
puedo dejar de pensar cómo sería besarlo.
En la clase número cuatro vimos literatura
argentina. Había notado por el tono apasionado de voz que era su literatura
preferida dentro del programa de la materia. Julián hablaba del romanticismo en
Buenos Aires, de Esteban Echeverría… y yo solo podía pensar en ser su Cautiva.
Luego de una recorrida por los puntos centrales de la unidad, hablando sobre
literatura gauchesca, mi profe de prácticos preguntó si alguien había leído El Fausto, de Del Campo. Sí, yo. Soy una
lectora curiosa, ávida de historias, de géneros, de aventuras de papel, una
lectora apasionada. Levanté la mano al mismo tiempo que con mi mirada buscaba a
algún compañero cómplice que también hubiera leído El Fausto. Silencio sepulcral. Nada. Nadie. Y yo, sintiendo cómo las
mejillas subían de tono a un rojo furioso. Y Julián, que mirándome tranquilo,
sonrió brevemente y me pidió que contara el argumento del libro.
¿Tímida yo? No sé ni lo que dije. Sólo
recuerdo que las palabras se me atravesaban en los labios, enredándose,
enredándome en la explicación. Creo que mis compañeros no entendieron
demasiado, o si entendieron les importó poco. Parecía como si el mundo alrededor
hubiera perdido el contorno tornándose difuso, y sólo existiéramos con nitidez,
Julián y yo. Yo, intentando explicar el argumento del libro y Julián,
asintiendo con una sonrisa desbordándole por los ojos. No tengo la certeza de
que haya sido así, pero creo que en ese momento, él se enamoró un poquito de
mí. De su alumna Laura Read, de la única que había leído a Del Campo, e
intentaba acercárselo con torpes palabras a sus compañeros. Con palabras torpes
y poca memoria: cuando tuve que mencionar el nombre de la obra de teatro que se
representaba en el Colón en la trama de la novela, me lo olvidé. Por más
esfuerzos que hacía, el nombre no venía a mi mente. Fueron dos segundos
embarazosos que me parecieron una eternidad de tortura. Julián sonrió. Fausto –
dijo, mirándome a los ojos. ¡Fausto! ¡Fausto! ¡Fausto! Igual que el título del
libro. ¡Y me lo olvidé! ¡Qué estúpida me sentí! ¡Cómo iba a olvidarlo si el
libro se llamaba de esa manera por la obra que se representaba en su trama!
Aunque, por otro lado, ¡cómo no olvidar hasta quién soy, si por unos breves
segundos Julián había dirigido toda su atención hacia mí!
Próxima entrega: Un poema de Laura + Una ventana
al pensamiento de Julián.
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