18 de diciembre de 2013

Primer mail, primer contacto


   Después de la tercera clase, al regresar a casa, le envié un mail a Julián. No me atreví a preguntárselo ese mismo día. Había algo que me ponía nerviosa. En ese momento aún no sabía qué.

Profesor Julián Araoz:
Soy Laura Read, alumna del práctico de Literatura General, comisión B. Quería consultarte sobre la bibliografía adicional que dejaste la semana pasada en fotocopiadora, puesto que allí no encuentro el texto de Hernán Márquez; y tampoco está disponible en biblioteca. Te agradecería si me pudieras indicar dónde conseguirlo, ya que me interesa leerlo.
Muchas gracias por tu tiempo. Un beso,
Laura Read.
   Fuera de todo entusiasmo por saber cuándo, qué, y cómo me contestaría, realmente me interesaba el texto. Julián hablaba con tanta pasión de literatura, que lograba transmitir el sentimiento. Por la literatura, claro. Y bueno, para ser sincera, la pasión también.
   La respuesta no tardó en llegar, a primera hora del jueves. Mi profesor me contestaba con mucha cortesía y formalidad que llevaría el texto pedido a la clase siguiente, y que se cercioraría de que quedara una copia en la fotocopiadora. Nada personal. Fue allí cuando lo vi: Julián había respondido mi mail y volví a leer lo que yo misma había escrito. Al final, lo saludaba con “un beso”, un trato demasiado amistoso por tratarse de mi profesor de prácticos. Me moriría de vergüenza cuando en la próxima clase, debiera verlo a los ojos. Quizás él no se hubiera dado cuenta. Esperaba que no. Aunque en el fondo, quería que sí.
   En la siguiente clase, no noté nada fuera de lo común en Julián. Yo sí me sentía nerviosa y bajaba la vista cada vez que él se dirigía a la clase y pasaba los ojos sobre mí, incluyéndome, como acostumbraba a hacer con todos sus alumnos. Parecía que no se había acordado de mi pedido del texto, y yo me sentía demasiado avergonzada por el mail como para recordarselo frente a la clase.
   Al terminar la hora, me levanté de la silla y empecé a juntar mis cosas. Vi que Julián me estaba mirando. Me puse nerviosa y se me cayó la cartuchera. Cuando estaba levantándola, el cuaderno se deslizó al suelo. Ruborizada, y de soslayo, percibí que Julián sonreía, mirándome con disimulo. Los demás alumnos iban saliendo de la clase. Al levantar el cuaderno, la birome saltó al piso. Guardé todo con nerviosa rapidez en el morral. Me lo crucé sobre el pecho y pasé por al lado del escritorio. Julián buscaba entre unos papeles. Ya no quedaba nadie más que él y yo en el aula.
   -Laura.
    Frené un paso antes de cruzar la puerta. Sus labios habían pronunciado mi nombre y en su boca cada letra sonaba con una musicalidad distinta. Giré sobre mis talones y lo miré a los ojos. Sentí cómo las mejillas se me incendiaban a más no poder (¿qué me pasa? ¡No soy tímida!).
   -Acá está el texto que no encontraste – dijo, extendiéndome el apunte.
   Por unos breves segundos sus dedos largos rozaron mi mano.
   -Gracias – alcancé a balbucear -. Lo fotocopio y te lo traigo ya mismo.
   -No. Lleválo. Pasáselo a tus compañeros. Me lo traés la clase que viene.
   -Gracias – dije mientras bajaba la vista hacia el texto, disimulando mi vergüenza.
   Me quedé parada allí mismo. Mis pies se negaban a alejarse de la cercanía de Julián.
   -Buenas noches, Laura.
   -Buenas noches, profesor.
   Me di vueltas, sintiéndome una estúpida por no reaccionar. El salió detrás de mí al pasillo. Empecé a caminar en dirección a la escalera. Algo dentro de mí, me decía que Julián aún seguía observándome. Con manos temblorosas de nervios, guardé los apuntes. Mi compañero Eduardo volvía en sentido contrario.
   -Me olvidé la campera en el aula – me dijo al pasar. Se detuvo. Me miró, extrañado - ¿Te pasa algo?
   -Nada – le contesté.
  

   Próxima entrega: “¿Tímida yo? o la sospecha de que acá pasa algo”

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