Después de la tercera clase, al regresar a
casa, le envié un mail a Julián. No me atreví a preguntárselo ese mismo día.
Había algo que me ponía nerviosa. En ese momento aún no sabía qué.
Profesor
Julián Araoz:
Soy
Laura Read, alumna del práctico de Literatura General, comisión B. Quería
consultarte sobre la bibliografía adicional que dejaste la semana pasada en
fotocopiadora, puesto que allí no encuentro el texto de Hernán Márquez; y
tampoco está disponible en biblioteca. Te agradecería si me pudieras indicar dónde
conseguirlo, ya que me interesa leerlo.
Muchas
gracias por tu tiempo. Un beso,
Laura
Read.
Fuera de todo
entusiasmo por saber cuándo, qué, y cómo me contestaría, realmente me
interesaba el texto. Julián hablaba con tanta pasión de literatura, que lograba
transmitir el sentimiento. Por la literatura, claro. Y bueno, para ser sincera,
la pasión también.
La respuesta no
tardó en llegar, a primera hora del jueves. Mi profesor me contestaba con mucha
cortesía y formalidad que llevaría el texto pedido a la clase siguiente, y que
se cercioraría de que quedara una copia en la fotocopiadora. Nada personal. Fue
allí cuando lo vi: Julián había respondido mi mail y volví a leer lo que yo
misma había escrito. Al final, lo saludaba con “un beso”, un trato demasiado
amistoso por tratarse de mi profesor de prácticos. Me moriría de vergüenza cuando
en la próxima clase, debiera verlo a los ojos. Quizás él no se hubiera dado
cuenta. Esperaba que no. Aunque en el fondo, quería que sí.
En la siguiente
clase, no noté nada fuera de lo común en Julián. Yo sí me sentía nerviosa y
bajaba la vista cada vez que él se dirigía a la clase y pasaba los ojos sobre
mí, incluyéndome, como acostumbraba a hacer con todos sus alumnos. Parecía que
no se había acordado de mi pedido del texto, y yo me sentía demasiado
avergonzada por el mail como para recordarselo frente a la clase.
Al terminar la
hora, me levanté de la silla y empecé a juntar mis cosas. Vi que Julián me
estaba mirando. Me puse nerviosa y se me cayó la cartuchera. Cuando estaba
levantándola, el cuaderno se deslizó al suelo. Ruborizada, y de soslayo,
percibí que Julián sonreía, mirándome con disimulo. Los demás alumnos iban
saliendo de la clase. Al levantar el cuaderno, la birome saltó al piso. Guardé
todo con nerviosa rapidez en el morral. Me lo crucé sobre el pecho y pasé por
al lado del escritorio. Julián buscaba entre unos papeles. Ya no quedaba nadie
más que él y yo en el aula.
-Laura.
Frené un paso
antes de cruzar la puerta. Sus labios habían pronunciado mi nombre y en su boca
cada letra sonaba con una musicalidad distinta. Giré sobre mis talones y lo
miré a los ojos. Sentí cómo las mejillas se me incendiaban a más no poder (¿qué
me pasa? ¡No soy tímida!).
-Acá está el
texto que no encontraste – dijo, extendiéndome el apunte.
Por unos breves
segundos sus dedos largos rozaron mi mano.
-Gracias –
alcancé a balbucear -. Lo fotocopio y te lo traigo ya mismo.
-No. Lleválo. Pasáselo
a tus compañeros. Me lo traés la clase que viene.
-Gracias – dije mientras
bajaba la vista hacia el texto, disimulando mi vergüenza.
Me quedé parada
allí mismo. Mis pies se negaban a alejarse de la cercanía de Julián.
-Buenas noches,
Laura.
-Buenas noches,
profesor.
Me di vueltas,
sintiéndome una estúpida por no reaccionar. El salió detrás de mí al pasillo.
Empecé a caminar en dirección a la escalera. Algo dentro de mí, me decía que
Julián aún seguía observándome. Con manos temblorosas de nervios, guardé los
apuntes. Mi compañero Eduardo volvía en sentido contrario.
-Me olvidé la
campera en el aula – me dijo al pasar. Se detuvo. Me miró, extrañado - ¿Te pasa
algo?
-Nada – le contesté.
Próxima entrega: “¿Tímida yo? o la sospecha
de que acá pasa algo”
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