25 de febrero de 2014

La poesía perdida + la nota del 1° parcial

    Había sido un sueño. Sí, no podía ser verdad. Trataba de convencerme a mí misma de que era mentira que Julián había venido a sentarse a mi mesa en el bar. Y más me costaba creer que aún teniéndolo en frente, había desperdiciado la oportunidad de seguir conversando con él. ¡Justo cuando quería preguntarme algo! Me sentía mal por haberlo dejado con palabras por decir. Lo peor de todo era que estaba convencida de que había perdido la chance. Nunca más estaríamos él y yo en el mismo lugar, exceptuando el aula. Y allí, bien lo sabía para mi pesar, Julián era mi profesor.
   La clase siguiente era la entrega de notas del primer parcial. Confieso que estaba más nerviosa acerca de que Julián quisiera retomar su conversación, que sobre la opción de reprobar el examen. Si me iba mal, tendría el recuperatorio y ése sería un día más para verlo.
   Durante lo que quedó de la semana, mi mejor amiga Michelle trató de convencerme de que al final de la clase, me acercara como si nada, que pusiera como excusa la corrección del parcial o cualquier otro tema del programa. No sé cómo pero finalmente había logrado que tomara coraje para hacer el intento. Estaba decidida.
   Esa tarde jugó en contra el tránsito. Hubo un embotellamiento que provocó que llegara media hora retrasada a clase. Subí las escaleras aprisa. Entré agitada y cabizbaja, con vergüenza de la tardanza. Julián ya había entregado los parciales. En el pizarrón estaba anotada la fecha del examen a recuperar. Me dirigí directamente al primer banco que encontré vacío. Estaba en diagonal al escritorio. Saqué mis notas de la mochila. Me acomodé el pelo, despeinado por la corrida. Apenas levanté la vista, noté que Julián me estaba mirando de soslayo. Sonreía. Tomé la lapicera para copiar la fecha del recuperatorio.
   -Laura –dijo con un tono familiar que me tomó por sorpresa, y creo que a él también, porque inmediatamente se corrigió: Laura Read.
   -Sí – contesté.
   -Tu parcial –agregó, extendiéndome la hoja.
   No sé cómo hice pero le sostuve la mirada. Me sonreía. Tomé el examen y volví a mi silla. Me había sacado siete. Revisé las correcciones a las respuestas. Julián realmente se había tomado el trabajo de leer cada una de mis palabras. Y algo más que dentro de poco sabría.
    La clase se desarrolló con normalidad. Julián dictó el tema estipulado en el cronograma. Dio la bibliografía para la próxima clases y adelantó que fuéramos eligiendo los temas para el siguiente parcial.
    Cuando el último alumno se hubo ido, me dirigí hacia la puerta. En mi interior me debatía entre los nervios de intentar una conversación o irme cobardemente. Pero no podía dejarlo pasar. En el mismo momento en que frené y giré sobre mis talones, escuché que Julián me llamaba.
   -Laura –la familiaridad había regresado a su tono de voz -. Esperá – dijo mientras juntaba sus libros del escritorio.
   Le sonreí con nerviosismo. Empezó a buscar algo entre sus papeles.
   -Acá está – dijo, sonriendo. El otro día se te cayó esto – agregó dándome un papel cuadrado que no tardé en reconocer. Era la poesía que había perdido en el bar. ¡Y Julián la había leído!
 

  Próxima entrega: Una conversación de pasillo con Julián.

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