Había sido un sueño. Sí, no podía ser
verdad. Trataba de convencerme a mí misma de que era mentira que Julián había
venido a sentarse a mi mesa en el bar. Y más me costaba creer que aún
teniéndolo en frente, había desperdiciado la oportunidad de seguir conversando
con él. ¡Justo cuando quería preguntarme algo! Me sentía mal por haberlo dejado
con palabras por decir. Lo peor de todo era que estaba convencida de que había
perdido la chance. Nunca más estaríamos él y yo en el mismo lugar, exceptuando
el aula. Y allí, bien lo sabía para mi pesar, Julián era mi profesor.
La clase siguiente era la entrega de notas
del primer parcial. Confieso que estaba más nerviosa acerca de que Julián
quisiera retomar su conversación, que sobre la opción de reprobar el examen. Si
me iba mal, tendría el recuperatorio y ése sería un día más para verlo.
Durante lo que quedó de la semana, mi mejor
amiga Michelle trató de convencerme de que al final de la clase, me acercara
como si nada, que pusiera como excusa la corrección del parcial o cualquier
otro tema del programa. No sé cómo pero finalmente había logrado que tomara
coraje para hacer el intento. Estaba decidida.
Esa tarde jugó en contra el tránsito. Hubo
un embotellamiento que provocó que llegara media hora retrasada a clase. Subí
las escaleras aprisa. Entré agitada y cabizbaja, con vergüenza de la tardanza.
Julián ya había entregado los parciales. En el pizarrón estaba anotada la fecha
del examen a recuperar. Me dirigí directamente al primer banco que encontré
vacío. Estaba en diagonal al escritorio. Saqué mis notas de la mochila. Me
acomodé el pelo, despeinado por la corrida. Apenas levanté la vista, noté que
Julián me estaba mirando de soslayo. Sonreía. Tomé la lapicera para copiar la
fecha del recuperatorio.
-Laura –dijo con un tono familiar que me
tomó por sorpresa, y creo que a él también, porque inmediatamente se corrigió:
Laura Read.
-Sí – contesté.
-Tu parcial –agregó, extendiéndome la hoja.
No sé cómo hice pero le sostuve la mirada.
Me sonreía. Tomé el examen y volví a mi silla. Me había sacado siete. Revisé
las correcciones a las respuestas. Julián realmente se había tomado el trabajo
de leer cada una de mis palabras. Y algo más que dentro de poco sabría.
La clase se desarrolló con normalidad.
Julián dictó el tema estipulado en el cronograma. Dio la bibliografía para la
próxima clases y adelantó que fuéramos eligiendo los temas para el siguiente
parcial.
Cuando el último alumno se hubo ido, me
dirigí hacia la puerta. En mi interior me debatía entre los nervios de intentar
una conversación o irme cobardemente. Pero no podía dejarlo pasar. En el mismo
momento en que frené y giré sobre mis talones, escuché que Julián me llamaba.
-Laura –la familiaridad había regresado a su
tono de voz -. Esperá – dijo mientras juntaba sus libros del escritorio.
Le sonreí con nerviosismo. Empezó a buscar
algo entre sus papeles.
-Acá está – dijo, sonriendo. El otro día se
te cayó esto – agregó dándome un papel cuadrado que no tardé en reconocer. Era
la poesía que había perdido en el bar. ¡Y Julián la había leído!
Próxima entrega: Una conversación de pasillo
con Julián.
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