29 de enero de 2014

Julián y yo en el mismo bar (III)



 -No te quiero molestar – dijo, levantándose.

 Lo tomé del brazo, apenas.

 -No, por favor. Quedáte.

 Bajé la vista con timidez. ¡Cómo pude haberle dicho “quedáte”! Ahora sí que no volvería a

atreverme a mirarlo a los ojos. ¿Qué pensaría Julián de mí?

 -¿Estás segura? Porque… en serio, no quiero…

 Levanté los ojos. Seguía sonriendo. Le devolví la sonrisa. Asentí.

 -Estaba repasando - creo que soné convincente, a pesar de mentir, porque se volvió a sentar en

la silla, corrió el pocillo de café con sus dedos largos unos centímetros más adelante y apoyó los

codos sobre la mesa.

 -¿Estás cursando otras materias?

 -Sí – dije, más distendida-, aparte de General, Alemana, Gramática y Lingüística.

 Una veta de sorpresa se dejó entrever en sus ojos color tierra y miel.

 -¿Todas esas?

 -Sí. ¿Por?

 -Te anotaste en muchas. Y son materias complicadas - agregó, mientras tomaba un poco de

café.

 -Por ahora me está yendo bien…

 El profesor González entró por la puerta del bar. Me sentí incómoda. Era el titular de la cátedra

en la que trabajaba Julián. Yo sabía que no había nada malo en un encuentro fortuito con mi

profesor de prácticos. Sin embargo, temía comprometer a Julián. No podía decirle sobre mi

incomodidad. Eso implicaba poner en evidencia mis sentimientos.

 -Y decime, Laura…

 El profesor González se dirigió a una mesa alejada. Respiré con alivio. No nos había visto. Miré

el reloj en un intento de fingir que me quedaba poco tiempo libre.

 -¿Sí? – le sonreí nerviosa.

 Pausa. Ahora él estaba tímido. No se animaba a preguntarme algo. Sonrió nervioso. Se acomodó

los lentes. Sorbió un trago largo de café. Me contagiaba su ansiedad. Me miró directo a los ojos.

No pude sostener la mirada. Giré la cabeza levemente. En ese momento noté que el profesor

González venía hacia nuestra mesa. Julián, de espaldas, no lo podía ver.

 Entonces hice algo realmente estúpido. Agaché la cabeza para que el profesor titular no me

reconociera, junté mis cosas aprisa mientras le murmuraba a Julián que se me hacía tarde, y huí.

Por suerte, el profesor González no me reconoció. Salí con el corazón en la boca. Aunque feliz,

porque había hablado con Julián. No podía dejar de pensar qué hubiera pasado si el profesor no

hubiese aparecido. ¿Qué era aquello que Julián no se atrevía a preguntarme?

 Esa misma noche, en mi casa, al ordenar los apuntes, me di cuenta de algo: una de las poesías

que le había escrito a Julián esa tarde, había desaparecido.

 Próxima entrega: La poesía perdida + la nota del 1° parcial.

No hay comentarios:

Publicar un comentario