Julián bajó la vista al suelo, como si el
piso se moviera bajo sus pies y no fuera él quien ascendía las escaleras.
-Hay un uso interesante del gerundio.
-Es mi verboide favorito: muestra la acción
en el mismo momento en que sucede, es puro movimiento.
-Sin embargo en tu poesía el gerundio es
efecto de una inmovilidad.
Sonreía. Lo miré extrañada. Esperé unos
segundos para ver si decía algo más que me permitiera comprender su
interpretación. Con tanta lectura analítica tenía dudas de que Julián se
hubiera dado cuenta de que la poesía era inspirada en y para él. Llegamos al
descanso del segundo piso. Nos tuvimos que detener: otros estudiantes bajaban e
interrumpieron nuestro paso.
-El yo poético –dijo levantando su vista
hacia mí -, parte de una situación estática, de no decir, de callar…
Sí, había comprendido. Y muy bien. A medida
que hablaba, sentía que sus palabras evidenciaban mis sentimientos por él.
Julián no dejaba de sonreír como si se
tratara de un juego. Yo seguía ruborizándome. Maldecía la hora en la que le había
preguntado su opinión. El tenía intensiones de continuar con el análisis de mi
poesía. Frenamos en otro descanso de la escalera. Yo apretaba la servilleta
entre mis manos. Julián tomó con delicadeza el papel. Sus dedos largos y
blancos me rozaron la piel. Cerré los ojos mientras un estremecimiento me
recorría el cuerpo.
-Permitíme –dijo, descubriendo en el revés,
la otra poesía-. Esa pasividad se corrobora en los versos escritos detrás.
Asumo que fueron inspirados ante la misma situación. Además, las poesías han
sido escritas el mismo día…
Julián hizo una pausa. Se aclaró la garganta.
Entonces de sus labios surgieron mis palabras, inspiradas en él:
-”Quizás te quiero porque callo / y caigo
tal vez en quererte / sin posibilidad de que lo sepas / tampoco sabré si me quieres”.
Ni en mis sueños más románticos imaginé que
Julián recitaría una de mis poesías. Estaba en las nubes. Me sentía expuesta,
desnuda, desarmada. No sabía qué hacer, qué decir, cómo reaccionar. Era imposible
que Julián no supiera. Lo único que pude hacer fue quedarme muda, con la vista
fija en el papel que él sostenía. Me lo devolvió levantándolo unos centímetros ante
mis ojos. Lo miré. Sonreía con la sonrisa de quien ha descubierto un secreto.
-Gracias… noooo, no esperaba una devolución,
tan… así…
-Me encantaría quedarme pero otros alumnos
me están esperando – dijo mientras subía un escalón.
Julián apoyó su mano en mi brazo izquierdo.
Un calor me invadió el pecho. Sentía que las piernas no podían sostener el peso
de mi cuerpo.
-Laura, me gusta tu escritura. Nos vemos.
-Chau. Gracias...
Giró. Me quedé mirando cómo terminaba de
subir por la escalera al tercer piso y se perdía entre los estudiantes en el
pasillo. Apoyé la espalda en la columna del descanso. Exhalé un suspiro profundo.
No podía creer lo sucedido. Julián sabía. Ya no me cabían dudas. Había leído
mis poesías. De sus labios habían surgido mis palabras para él. El mundo
alrededor me daba vueltas. De no haber estado en la facultad, sé que nos
hubiésemos besado. Esperé a que mi respiración se normalizara. Cerré los ojos. La
certeza me había golpeado en el pecho. Cuando volví a abrirlos, me encontraba
en la enfermería de la facultad.
Próxima entrega: La medicina más dulce.
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