20 de marzo de 2014

La medicina más dulce



   Cuando desperté en la enfermería de la facultad, en lo primero que pensé fue en Julián. ¿El habría visto mi desmayo? Esperaba que no, o me moriría de vergüenza. La enfermera me explicaba que había sufrido un bajón de presión, probablemente debido al estrés por la época de exámenes. Me preguntó si alguien me podía acompañar hasta mi casa. Negué con la cabeza: Michelle estaría haciendo guardia a esa hora, y Eduardo, mi compañero de curso, ya se había ido de la clase. Esperé unos minutos más, me tomó la presión nuevamente y pude retirarme.
   Crucé las puertas de la universidad y salí hacia la calle. Era fines de mayo y el frío se hacía notar. Me prendí los botones del saco negro. Por suerte no había llevado la bicicleta. Tenía unas pocas cuadras hasta la parada del colectivo. En el trayecto, no podía hacer otra cosa más que pensar en Julián. Últimamente lo notaba interesado en mí, o al menos eso me parecía. Quizás también él estuviera buscando excusas para conocerme más. Tal vez él tampoco se animaba a hacer nada porque aún nos unía la relación profesor-alumna, y temía comprometer su trabajo.
   Había caminado una cuadra cuando escuché pasos detrás de mí. Estaba segura que eran otros estudiantes que como yo habían salido tarde de la facultad. No le di importancia, apreté la mochila contra mis brazos, y apuré el paso. La ciudad se ponía peligrosa a esas horas de la noche. De por sí, soy de caminar aprisa. Y apurada, pareciera que voy dando zancadas en vez de pasos. Empecé a preocuparme cuando noté que también a mis espaldas, aligeraban la marcha. No tenía nada de valor que pudieran robarme pero la situación me había puesto nerviosa. Sentí que me tocaban el hombro. Casi doy un salto del susto. Cuando giré, casi vuelvo a desmayarme. Detuve la marcha. Era Julián.
   -Laura… disculpáme, creo que te asusté. No fue mi intensión…
   -Está bien… -alcancé a murmurar ante la sorpresa.
   -Te llamé antes pero venías abstraída. Además, caminás muy rápido.
   Le sonreí, asintiendo. Julián hizo un gesto con la mano, señalando adelante en el camino.
   “Si no te molesta, te acompaño. ¿Qué colectivo tomás?
   -El siete.
   -Me preocupé –dijo mientras se acomodaba los lentes -. Me dijeron que te desmayaste.
   No podía imaginar quién le había ido con el cuento. Su interés me había tomado tan en sorpresa como su aparición. Volvió el rostro hacia mí.
   -Sí… se me bajó la presión. Nada serio – contesté, sonrojándome.
   Había aminorado la marcha. Julián caminaba más despacio. Quizás él también no quería que el trayecto se terminara. Un silencio incómodo se apoderaba de la situación. No sabíamos qué decirnos, o en todo caso, dudábamos si era el momento adecuado para decirnos todo. Finalmente, llegando a la parada del siete, Julián rompió el hielo.
   -¿Cómo vas con la monografía? ¿Pensaste qué libro vas a analizar?
   -Esta semana te mando por mail un resumen del tema que elegí. Creo que me estoy metiendo en algo complicado, pero me gustan los desafíos.
   Julián sonrió y agachó la cabeza al piso. Cuando levanté la vista, un colectivo pasaba por la parada. Noté que Julián también lo había visto de reojo. El tampoco había hecho señas para que parase.
   Durante unos minutos hablamos de cosas de la facultad. Nada interesante. Pero detrás de esas palabras fluía una corriente de tensión en la cual los dos sabíamos que algo más sucedía. Pasaron diez minutos y dos colectivos. Cuando los vimos venir, ambos miramos hacia otro lado y continuamos la conversación. Era evidente que no queríamos irnos.
   -¿Vos qué colectivo te tomás? No quiero que te quedes acá por mí…
   Casi vuelvo a desmayarme cuando escuché su respuesta:
   -Puedo tomar el siete. Me desviaría unas cuadras, pero prefiero acompañarte para saber que llegás bien.
   -continuará-
    

  Próxima entrega: Julián y yo viajamos juntos.

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