Las semanas siguientes noté un cambio en la
actitud de Julián hacia mí. Durante las clases interponía una barrera
infranqueable, y al terminar éstas, no me daba la oportunidad de acercarme para
hacerle ni siquiera una mínima consulta. Si lo miraba a los ojos con firmeza,
bajaba la vista al suelo. Si desde el fondo del aula (y desde lo más profundo
de mi corazón) le sonreía aunque más no fuera tímidamente, hacía sentir que mi
gesto era invisible. Me moría de intriga por saber qué lo había hecho
retroceder en sus ganas de conocerme. Algo estaba sucediendo y fuera lo que
fuera, me carcomía el alma desconocerlo.
Quedaba una última clase antes de la entrega
de la monografía. El tema que yo había elegido a desarrollar como hipótesis del
parcial-monografía era más que complejo. Se me había ocurrido indagar aspectos
de un texto que nadie había explorado antes. Le había consultado por mail
algunas dudas bibliográficas, que él había resuelto con líneas escuetas,
corteses pero frías, donde me advertía que mi análisis era un tanto riesgoso. Quedaba
sólo una clase y esperaba que en ella, Julián pudiera orientarme; y como
excusa, acercarme a él con consultas.
Por el tránsito me atrasé unos diez minutos.
Subí corriendo los pisos de la facultad. No estaba preparada para lo que iba a
suceder: cuando entré al aula, había sólo cuatro alumnos sentados en
semicírculo, alrededor de Julián. Era época de parciales y la mayoría seguro
habría faltado para estudiar. Sonreí con la esperanza de tener una clase no tan
numerosa, lo que podía favorecer más tiempo al lado de mi profesor.
Acerqué una silla junto a mi compañero Eduardo y me senté, expectante. Julián
sonrió con pena.
-Vamos a esperar un poco, pero si no viene
nadie más, voy a suspender la clase.
No podía ser cierto. La felicidad se me
desdibujó del rostro. Bajé la vista para ocultar mi tristeza.
-Además nadie leyó la bibliografía para hoy
que… Laura…
¡A mí! ¡Se dirigía a mí! Finalmente había
llamado su atención.
-…su compañera Laura va a trabajar en la
monografía con el texto de hoy… ¿alguien más lo leyó o va a analizarlo?
Silencio rotundo. Ninguno, excepto yo. Julián
fue despejando las dudas de cada quien sobre su monografía. Quedé para lo último
pero ambos sabíamos de mi desafío intelectual en el análisis del texto.
-¿Y vos, Laura? ¿Tenés alguna duda?
Quería preguntarle qué le pasaba conmigo. Por
qué se había vuelto tan distante desde la vez que me había acompañado hasta mi
casa. Quería despejarle sus dudas acerca de mí. Quería que supiera que esa
distancia fría que nos separaba, me estaba haciendo caer el alma en pedazos.
-No, gracias – mentí.
Julián dio por finalizada la consulta y por
suspendida la clase. Me fui triste, esperando que mi desilusión no se hubiera
notado. Pero no podía quedar así. Al regresar, le envié un mail. En ese
intercambio, entre sus líneas y las mías, podía leerse algo mucho más
interesante que una simple relación académica.
Próxima entrega: Los mails, entre líneas.
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