Cortázar dijo que el amor no se elije. Que es como "un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio". Nada más cierto. Eso mismo fue lo que sentí cuando vi por primera vez a mi profesor de Literatura General. Soy Laura Read. Y esta es mi historia.
22 de enero de 2014
Julián y yo en el mismo bar (II)
El mozo le sirvió el café. Julián se quitó los anteojos, los dejó a un lado en la barra. Mientras
revolvía el azúcar en el pocillo, su vista giró hacia la concurrencia del bar. Su mirada se detuvo
por unos breves segundos en mi mesa. El corazón me empezó a latir de los nervios. Me acordé
del cuento de Poe. Ojalá no hiciera ninguna estupidez que delatara mi presencia. Yo era feliz
observándolo a la distancia. Casi espiándolo sin que él supiese que estaba ahí. Si él me veía, no
me quedaría otra opción más que hablarle. No me sentía preparada para esa situación.
Ya lo dije una vez. Siempre fui decidida con los hombres. Sin embargo, Julián –sin saberlo- logra
que me sienta una adolescente tímida y vergonzosa. Bajé la cabeza, disimulando. De reojo vi que
se había puesto los anteojos y miraba, ya de frente, hacia mi dirección. Sin lentes, había visto un
rostro familiar, y ahora con ellos, me reconocía de su clase. Volví a inclinar la cabeza. Fingía estar
absorta en mis apuntes.
De pronto, una frase vino a mi mente, que completaba otra poesía a medio escribir en una
servilleta de papel. La anoté con prisa, antes de perder la línea de cierre:
SIN POSIBILIDAD IMPOSIBLE NO
Quizás te quiero porque callo
y caigo tal vez en quererte
sin posibilidad de que lo sepas
tampoco sabré si me quieres.
L.R
Sonreí. No sé qué pensaría Julián si supiera que en vivo y en directo, me estaba inspirando
poesías. Sí, lo confieso, en sus clases, además de tomar apuntes, también le escribo poesías. Por
el rabillo del ojo vi que alguien se había parado frente a mi mesa. Seguramente el mozo quisiera
cobrar la cuenta. Alcé la vista. El corazón me dio un vuelco. Era Julián. Sostenía el plato del pocillo
de café con una mano. Me sonrió.
-¿Puedo? – dijo, señalando la silla vacía.
Asentí con un gesto de cabeza y una sonrisa nerviosa. Todas las gamas del colorado subieron
a mi cara. Mientras Julián se apoyaba su café en la mesa y se sentaba, escondí apresuradamente
entre los apuntes, las poesías que le había escrito en servilletas.
-¿Estabas estudiando? No quiero molestar…
-No… bueno, sí. Tengo parcial de Literatura Alemana.
-Y estás sentada en la mesa de Hesse – dijo, con una sonrisa en los labios.
-Sí. Es uno de mis autores favoritos.
-Otro de los míos, también.
Sonrió. Sonreí. Se produjo un silencio.
-No te quiero molestar – dijo, levantándose.
Lo tomé del brazo, apenas.
-No, por favor. Quedáte.
(continuará)
Próxima entrega: Julián y yo en el mismo bar (III)
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario