En
la esquina de la facultad de letras hay un bar. Me gustar ir ahí. Si bien se
llena de estudiantes, es un lugar cálido. Tiene esas mesas y sillas de madera
vieja, típicas de bares antiguos de Buenos Aires. En las paredes hay afiches
enmarcados con autores de la literatura mundial. Siempre me siento bajo el
cuadro de Hermann Hesse, en la mesa seis, que está pegada a una de las ventanas
que da a la vereda. Me gusta, desde adentro, ver caminar a la gente en la
vereda. Pero más me gusta porque descubrí que Julián pasa todos los lunes a las
ocho menos diez de la noche, seguramente para dictar una clase en otra cátedra.
Desde que tuve ese dato que me cito a mí misma allí, todos los lunes a las
siete y media, para estudiar. Claro, luego de que veo a Julián, lo que menos
puedo hacer, es concentrarme.
Ese día había llegado demasiado temprano. Tenía
que estudiar para un parcial. Cada tanto, para despejar la mente, me salían
algunas frases sueltas que anotaba en una servilleta del bar. Líneas inspiradas
por Julián.
ANDAMOS
QUE NO
En estas idas y venidas
andamos
andamos donde sin rumbo
buscando un rastro buscando
sin encontrar encontrando
perdida yendo y viniendo
sin saber sin querer sospechando
queriendo todo diciendo a medias
callando penando penando
con la angustia que quema el pecho
sin llorar riendo y llorando
poco me queda más la espera
la incertidumbre la agonía
así andamos.
andamos
andamos donde sin rumbo
buscando un rastro buscando
sin encontrar encontrando
perdida yendo y viniendo
sin saber sin querer sospechando
queriendo todo diciendo a medias
callando penando penando
con la angustia que quema el pecho
sin llorar riendo y llorando
poco me queda más la espera
la incertidumbre la agonía
así andamos.
L.R
Cuando terminé de escribir la poesía, se
abrió la puerta del bar. Levanté la vista. Se me cayó la birome de la mano. Era
Julián. Vestía una remera de mangas largas, negra, ceñida al cuerpo, jeans
azules y zapatillas. Cargaba unos libros bajo el brazo. Casi como un acto
reflejo, me acomodé el pelo y sonreí. El no me vio. Tenía la mirada perdida en
sus pensamientos. Se dirigió a la barra. Estaba solo. Se sentó, dejó los libros
sobre una mesa y pidió un café. No podía dejar de observarlo. ¿Estaría
esperando a alguien?
Durante los siguientes minutos intenté
concentrarme en el estudio. Fue imposible. Tenía a Julián en diagonal a mí.
Solo. ¿Y si voy y le hablo? –pensé.
I
Si vas a negarme el ser
prefiero la ficción del ensueño
prefiero la ficción del ensueño
que más duele este silencio
cuando quiero decir y no puedo.
cuando quiero decir y no puedo.
L.R.
Próxima entrega: Julián y yo en el mismo bar (II)
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