26 de marzo de 2014

Julián y yo viajamos juntos.


   Jamás, ni en mis pensamientos, ni en mis deseos, se me hubiera cruzado que Julián iba a acompañarme alguna vez de regreso a mi casa. Pero así era. Se había ofrecido, aún a costo de desviarse (más que cuadras, varios barrios enteros, según me enteré después). Yo no quería sacar conclusiones apresuradas. Era tan solo un gesto caballero de su parte, una actitud de preocupación hacia una de sus alumnas.
   En el trayecto de colectivo, unos veinte minutos, traté de que el frío de la noche congelara mis emociones y reflexiones al respecto. ¡Pero aún así, qué difícil era dejar de volar con la imaginación! Julián estaba sentado en el último asiento del colectivo, a mi lado, su hombro izquierdo rozaba mi brazo derecho, su rostro, tan cerca del mío, que era terriblemente arduo detener el impulso de acercar mi boca y besar cada palabra que salía de sus labios. Era comparable a cocinar con esmero un postre y luego sólo tener que admirarlo sin probar bocado.
   Julián hablaba entusiasmado de su trabajo como profesor. Pronto publicaría un libro, producto de una investigación con otra cátedra. No salíamos de temas académicos y yo tampoco me animaba a preguntarle sobre su vida personal. Estaba dispuesta a que lo que tenía que ser, fluyera, sin forzar nada.
   Por la ventana del colectivo reconocí que estaba cerca del lugar donde debía bajarme. Me levanté del asiento y con la mano me aferré al caño junto a la puerta trasera.
   -Estamos por llegar. ¿Seguís o…? –pregunté, mientras él se paraba, cortando mi frase por la mitad.
   -No, por favor, te acompaño. Si no te molesta, claro…
   Le sonreí mientras apretaba el timbre del colectivo. Julián se puso a mi lado.
   -Claro que no me molesta. Gracias – le dije, acomodándome el cabello detrás de la oreja.
   Un auto se interpuso en el carril de la avenida. El chofer del colectivo frenó con brusquedad. Por inercia caí, enfrentada, sobre Julián. El alcanzó a agarrarme de la espalda y balanceó el peso de ambos. Por unos breves segundos, (y gracias al destino) quedé entre sus brazos. Mis labios estaban muy cerca de los suyos. Nos miramos a los ojos. Una fuerza ajena nos conducía a lo inevitable.
   -¡La reputamadrequeterecontramilparió! –largó el colectivero.
   Los dos miramos hacia adelante, sonriendo ante el insulto. El momento había pasado. No se podía volver el tiempo atrás. Julián aflojó la tensión de sus brazos. Me tomé del caño del asiento.
   -¡Qué temperamento! – comentó para cambiar el aire de la situación.
   -Sí…
   Ninguno de los dos sabía cómo seguir la conversación. El también lucía un poco perturbado por la situación de nuestros labios tan juntos. El chofer acercó el colectivo al cordón. Esta vez, frenó con más suavidad. Bajamos.
   -Estamos a una cuadra, no más.
   -No hay problema, Laura.
   Comenzamos a caminar por la noche del barrio. Apenas un quiosco quedaba abierto. Era cerca de medianoche. Llegamos a la entrada del edificio.
    -Es acá – dije y saqué las llaves de la mochila -. Gracias por acompañarme.
    -De nada. Nos vemos… – contestó acercándose para darme un beso en la mejilla.
   Nuestras caras se acercaron casi de frente. Por un momento titubeamos en qué mejilla besarnos. Habíamos quedado por segunda vez cerca de los labios del otro. Era solo un instante definitivo. Y en ese mismo instante, empezó a sonar el celular de Julián.


  Próxima entrega: ¿La tercera es la vencida?

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