Jamás, ni en mis pensamientos, ni en mis
deseos, se me hubiera cruzado que Julián iba a acompañarme alguna vez de
regreso a mi casa. Pero así era. Se había ofrecido, aún a costo de desviarse
(más que cuadras, varios barrios enteros, según me enteré después). Yo no
quería sacar conclusiones apresuradas. Era tan solo un gesto caballero de su
parte, una actitud de preocupación hacia una de sus alumnas.
En el trayecto de colectivo, unos veinte
minutos, traté de que el frío de la noche congelara mis emociones y reflexiones
al respecto. ¡Pero aún así, qué difícil era dejar de volar con la imaginación!
Julián estaba sentado en el último asiento del colectivo, a mi lado, su hombro izquierdo
rozaba mi brazo derecho, su rostro, tan cerca del mío, que era terriblemente
arduo detener el impulso de acercar mi boca y besar cada palabra que salía de
sus labios. Era comparable a cocinar con esmero un postre y luego sólo tener
que admirarlo sin probar bocado.
Julián hablaba entusiasmado de su trabajo como
profesor. Pronto publicaría un libro, producto de una investigación con otra
cátedra. No salíamos de temas académicos y yo tampoco me animaba a preguntarle sobre
su vida personal. Estaba dispuesta a que lo que tenía que ser, fluyera, sin
forzar nada.
Por la ventana del colectivo reconocí que
estaba cerca del lugar donde debía bajarme. Me levanté del asiento y con la
mano me aferré al caño junto a la puerta trasera.
-Estamos por llegar. ¿Seguís o…? –pregunté,
mientras él se paraba, cortando mi frase por la mitad.
-No, por favor, te acompaño. Si no te
molesta, claro…
Le sonreí mientras apretaba el timbre del
colectivo. Julián se puso a mi lado.
-Claro que no me molesta. Gracias – le dije,
acomodándome el cabello detrás de la oreja.
Un auto se interpuso en el carril de la
avenida. El chofer del colectivo frenó con brusquedad. Por inercia caí, enfrentada,
sobre Julián. El alcanzó a agarrarme de la espalda y balanceó el peso de ambos.
Por unos breves segundos, (y gracias al destino) quedé entre sus brazos. Mis
labios estaban muy cerca de los suyos. Nos miramos a los ojos. Una fuerza ajena
nos conducía a lo inevitable.
-¡La reputamadrequeterecontramilparió! –largó
el colectivero.
Los dos miramos hacia adelante, sonriendo
ante el insulto. El momento había pasado. No se podía volver el tiempo atrás.
Julián aflojó la tensión de sus brazos. Me tomé del caño del asiento.
-¡Qué temperamento! – comentó para cambiar
el aire de la situación.
-Sí…
Ninguno de los dos sabía cómo seguir la
conversación. El también lucía un poco perturbado por la situación de nuestros
labios tan juntos. El chofer acercó el colectivo al cordón. Esta vez, frenó con
más suavidad. Bajamos.
-Estamos a una cuadra, no más.
-No hay problema, Laura.
Comenzamos a caminar por la noche del barrio.
Apenas un quiosco quedaba abierto. Era cerca de medianoche. Llegamos a la
entrada del edificio.
-Es acá – dije y saqué las llaves de la
mochila -. Gracias por acompañarme.
-De nada. Nos vemos… – contestó acercándose
para darme un beso en la mejilla.
Nuestras caras se acercaron casi de frente.
Por un momento titubeamos en qué mejilla besarnos. Habíamos quedado por segunda
vez cerca de los labios del otro. Era solo un instante definitivo. Y en ese
mismo instante, empezó a sonar el celular de Julián.
Próxima entrega: ¿La tercera es la vencida?
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