26 de diciembre de 2013

¿Tímida yo? O la sospecha de que acá pasa algo conmigo.


   No soy tímida. No con el sexo opuesto. Siempre me sentí segura y hábil con mis armas de seducción. Sé que soy una mujer atractiva. Noto cómo los hombres me miran por la calle, incluso cuando salgo sin maquillaje y con ropa informal. Nunca me costó acercarme a alguien que me gustara. Tengo confianza en mí misma como mujer y sé qué hacer para que el otro se fije en mí.  Sin embargo, algo me pasa de manera diferente cuando Julián me mira o me habla.
   Hace un mes que empezó la cursada. No puedo dejar de desear que las clases se sucedan más despacio. Espero toda la semana que sea miércoles, 21 hs. Y cuando llega el momento, me paralizo. Creo que me quedo inmóvil por temor a ser impulsiva y besarlo sin que nada más importe. Sí, lo confieso. Tengo miedo de que los demás alumnos se retiren a las 23 hs, de quedarnos solos en el aula, acercarme al escritorio mientras él junta sus apuntes, mirar a los ojos a mi profe de prácticos y en un acto de arrojo, besar sus labios. No puedo dejar de pensar cómo sería besarlo.
   En la clase número cuatro vimos literatura argentina. Había notado por el tono apasionado de voz que era su literatura preferida dentro del programa de la materia. Julián hablaba del romanticismo en Buenos Aires, de Esteban Echeverría… y yo solo podía pensar en ser su Cautiva. Luego de una recorrida por los puntos centrales de la unidad, hablando sobre literatura gauchesca, mi profe de prácticos preguntó si alguien había leído El Fausto, de Del Campo. Sí, yo. Soy una lectora curiosa, ávida de historias, de géneros, de aventuras de papel, una lectora apasionada. Levanté la mano al mismo tiempo que con mi mirada buscaba a algún compañero cómplice que también hubiera leído El Fausto. Silencio sepulcral. Nada. Nadie. Y yo, sintiendo cómo las mejillas subían de tono a un rojo furioso. Y Julián, que mirándome tranquilo, sonrió brevemente y me pidió que contara el argumento del libro.
   ¿Tímida yo? No sé ni lo que dije. Sólo recuerdo que las palabras se me atravesaban en los labios, enredándose, enredándome en la explicación. Creo que mis compañeros no entendieron demasiado, o si entendieron les importó poco. Parecía como si el mundo alrededor hubiera perdido el contorno tornándose difuso, y sólo existiéramos con nitidez, Julián y yo. Yo, intentando explicar el argumento del libro y Julián, asintiendo con una sonrisa desbordándole por los ojos. No tengo la certeza de que haya sido así, pero creo que en ese momento, él se enamoró un poquito de mí. De su alumna Laura Read, de la única que había leído a Del Campo, e intentaba acercárselo con torpes palabras a sus compañeros. Con palabras torpes y poca memoria: cuando tuve que mencionar el nombre de la obra de teatro que se representaba en el Colón en la trama de la novela, me lo olvidé. Por más esfuerzos que hacía, el nombre no venía a mi mente. Fueron dos segundos embarazosos que me parecieron una eternidad de tortura. Julián sonrió. Fausto – dijo, mirándome a los ojos. ¡Fausto! ¡Fausto! ¡Fausto! Igual que el título del libro. ¡Y me lo olvidé! ¡Qué estúpida me sentí! ¡Cómo iba a olvidarlo si el libro se llamaba de esa manera por la obra que se representaba en su trama! Aunque, por otro lado, ¡cómo no olvidar hasta quién soy, si por unos breves segundos Julián había dirigido toda su atención hacia mí!


Próxima entrega: Un poema de Laura + Una ventana al pensamiento de Julián.

18 de diciembre de 2013

Primer mail, primer contacto


   Después de la tercera clase, al regresar a casa, le envié un mail a Julián. No me atreví a preguntárselo ese mismo día. Había algo que me ponía nerviosa. En ese momento aún no sabía qué.

Profesor Julián Araoz:
Soy Laura Read, alumna del práctico de Literatura General, comisión B. Quería consultarte sobre la bibliografía adicional que dejaste la semana pasada en fotocopiadora, puesto que allí no encuentro el texto de Hernán Márquez; y tampoco está disponible en biblioteca. Te agradecería si me pudieras indicar dónde conseguirlo, ya que me interesa leerlo.
Muchas gracias por tu tiempo. Un beso,
Laura Read.
   Fuera de todo entusiasmo por saber cuándo, qué, y cómo me contestaría, realmente me interesaba el texto. Julián hablaba con tanta pasión de literatura, que lograba transmitir el sentimiento. Por la literatura, claro. Y bueno, para ser sincera, la pasión también.
   La respuesta no tardó en llegar, a primera hora del jueves. Mi profesor me contestaba con mucha cortesía y formalidad que llevaría el texto pedido a la clase siguiente, y que se cercioraría de que quedara una copia en la fotocopiadora. Nada personal. Fue allí cuando lo vi: Julián había respondido mi mail y volví a leer lo que yo misma había escrito. Al final, lo saludaba con “un beso”, un trato demasiado amistoso por tratarse de mi profesor de prácticos. Me moriría de vergüenza cuando en la próxima clase, debiera verlo a los ojos. Quizás él no se hubiera dado cuenta. Esperaba que no. Aunque en el fondo, quería que sí.
   En la siguiente clase, no noté nada fuera de lo común en Julián. Yo sí me sentía nerviosa y bajaba la vista cada vez que él se dirigía a la clase y pasaba los ojos sobre mí, incluyéndome, como acostumbraba a hacer con todos sus alumnos. Parecía que no se había acordado de mi pedido del texto, y yo me sentía demasiado avergonzada por el mail como para recordarselo frente a la clase.
   Al terminar la hora, me levanté de la silla y empecé a juntar mis cosas. Vi que Julián me estaba mirando. Me puse nerviosa y se me cayó la cartuchera. Cuando estaba levantándola, el cuaderno se deslizó al suelo. Ruborizada, y de soslayo, percibí que Julián sonreía, mirándome con disimulo. Los demás alumnos iban saliendo de la clase. Al levantar el cuaderno, la birome saltó al piso. Guardé todo con nerviosa rapidez en el morral. Me lo crucé sobre el pecho y pasé por al lado del escritorio. Julián buscaba entre unos papeles. Ya no quedaba nadie más que él y yo en el aula.
   -Laura.
    Frené un paso antes de cruzar la puerta. Sus labios habían pronunciado mi nombre y en su boca cada letra sonaba con una musicalidad distinta. Giré sobre mis talones y lo miré a los ojos. Sentí cómo las mejillas se me incendiaban a más no poder (¿qué me pasa? ¡No soy tímida!).
   -Acá está el texto que no encontraste – dijo, extendiéndome el apunte.
   Por unos breves segundos sus dedos largos rozaron mi mano.
   -Gracias – alcancé a balbucear -. Lo fotocopio y te lo traigo ya mismo.
   -No. Lleválo. Pasáselo a tus compañeros. Me lo traés la clase que viene.
   -Gracias – dije mientras bajaba la vista hacia el texto, disimulando mi vergüenza.
   Me quedé parada allí mismo. Mis pies se negaban a alejarse de la cercanía de Julián.
   -Buenas noches, Laura.
   -Buenas noches, profesor.
   Me di vueltas, sintiéndome una estúpida por no reaccionar. El salió detrás de mí al pasillo. Empecé a caminar en dirección a la escalera. Algo dentro de mí, me decía que Julián aún seguía observándome. Con manos temblorosas de nervios, guardé los apuntes. Mi compañero Eduardo volvía en sentido contrario.
   -Me olvidé la campera en el aula – me dijo al pasar. Se detuvo. Me miró, extrañado - ¿Te pasa algo?
   -Nada – le contesté.
  

   Próxima entrega: “¿Tímida yo? o la sospecha de que acá pasa algo”

11 de diciembre de 2013

Composición del día. Tema: Julián.

    Julián tiene algo. No sé qué. Pero tiene algo que me atrae sin remedio. Bien podría pasar por un tipo común y corriente: de 1, 70 metros de estatura (yo luciría bien a su lado: apenas llego a 1,65 metros), delgado, sin evidencias de gimnasio en el cuerpo (ídem: odio la actividad física), jeans o pantalón de vestir, remera o camisa… sin embargo, lo miro, tratando de adivinar su edad (calculo que no llegará a los treinta) y me gusta el tono castaño claro de su pelo corto. Aunque más me gustan los rulitos rebeldes que le arremolinan el cabello. Me gustan sus ojos color de tierra y miel, que recorren la clase mientras habla, sin dejar a ningún alumno afuera. Me gusta mucho cómo le quedan los anteojos (de vidrio rectangular, con sólo un marco negro superior): combinan a la perfección con ese aire intelectual que tiene.
   Cada tanto pasa su vista sobre mí, y cuando por un breve segundo nuestras miradas confluyen, quisiera detener el tiempo, borrar el espacio y las circunstancias, para convertirme en el aire que respira, entrar en su cuerpo y leerle el alma, ser palabra y así salir de su boca besándole los labios.
    Cuando Julián habla sobre literatura, se apasiona. Se le nota el entusiasmo en la voz, en las muletillas que repite sin darse cuenta (“claro”, “… ¿no?”, “en efecto”). La mirada parece perdérsele en el todo y la nada, lee para ejemplificar, hace alguna broma literaria, y sonríe. Al sonreír se le iluminan los ojos y a mí se me clava una daga dulce en el centro del pecho. Cuando las palabras le gastan el aliento, Julián toma un sorbito de la botella de gaseosa de limón (siempre a su derecha), o mira disimuladamente el celular gris (a su izquierda). Frente a él, una de sus alumnas (-Laura Read. -¡Presente!), bebe cada sílaba que él pronuncia, transporta sus palabras a los apuntes, tratando de no perder la razón, intentando entender algo de Literatura General a través del torbellino que siente en el alma cada vez que escucha a su profe de prácticos, sorprendiéndose a sí misma por cada sensación que él le provoca, sin querer, sin saber, que está germinando en su alumna el diario de una pasión, una Literatura Particular, que lo tiene a él como protagonista.
   No quisiera que la clase terminara, a pesar de mi cansancio acumulado en la jornada. El miércoles es el día que más me esmero al vestir y maquillarme, con la ilusión de agradarle. Mis ojos de avellana registran de soslayo las miradas de otros hombres al andar por la vereda: aún con jeans y camisa, tacos bajos y mi cabello castaño oscuro, lacio y largo sin peinar, noto que los atraigo. ¿Pero le gustaré a él?
    Salgo de cada clase suspirando con angustia (literalmente, ojalá fuera una metáfora) pero feliz, sonriendo tanto que la sonrisa me duele.  Me repito a mí misma, de regreso a casa: “olvidáte, es tu profe, ni siquiera se fijó en vos”, “debe tener novia, alguien como él no puede estar solo”, “olvidálo”. Y me encuentro esperando ansiosa, nerviosa y tímida (¿tímida yo? nunca lo fui),  el próximo miércoles, imaginando durante la semana cómo será Julián fuera de su rol docente, qué cosas le gustarán, cuáles no, si será tan dulce y caballero como es de polite en las clases; y tratando de evaluar las chances de que se fije en esta pobre mujer que lo quiere conocer, que se muere por conocerlo, y sin embargo, debe callar.

Laura.


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      Próxima entrega: Primer contacto, primer mail -

1 de diciembre de 2013

La sospecha del amor.



   No podría precisar en qué momento o cómo lo supe. Quizás el destino decidió que surgiera lentamente, tan imperceptible, para que cuando por fin lo supiera, fuese inevitable y no me quedara más remedio que aceptarlo.
   El primer movimiento del azar, y del otro lado de la voluntad fue comenzar una nueva carrera universitaria. Luego de terminar la escuela había hecho varios intentos de seguir estudiando. Las aulas de la universidad me habían visto saltar de filosofía a sociología, de sociología a antropología, y de antropología a derecho. Así habían transcurrido cinco infructuosos años sin encontrar mi vocación. Hasta que Michelle, mi mejor amiga, me sugirió: "a vos que te gusta tanto leer, ¿por qué no estudiás Letras?". Y perdido por perdido, una vez más, me aventuré a los libros. Con veintitrés años recién estrenados y las ganas renovadas, me anoté en cuatro materias el primer cuatrimestre: Gramática, Literatura Alemana, Literatura General, y Linguística.
   El miércoles se había configurado en ser el día más agitado de mi semana. Salía una hora más temprano del consultorio en el que trabajaba como secretaria, para correr hasta la universidad y cursar los teóricos de Gramática. Volando en mi bicicleta hacía veinte cuadras hasta la casa de mi profesor de guitarra,  para después volver a cursar los prácticos de Literatura General, de 21 a 23 hs. 
   La primera clase fue el 7 de abril. Eso dicen mis apuntes, con letra redonda y prolija. Lo que no está escrito allí es lo que sucedió ese día. Tampoco creo haber sido consciente en ese momento de mis sentimientos ¿Acaso se puede saber cuando nace el amor... cuando el amor invade cada resquicio del ser, sin dar tregua ni siquiera al pensamiento?
   Abril traía sus noches de brisa fresca. Daban ganas de quedarse en el patio arbolado de la universidad. Sin embargo, las ansias de novedad hicieron que dirigiera mis pasos presurosos por el laberinto de pasillos. Subí dos pisos. La puerta estaba abierta. Aún era temprano pero ya había gente dentro del aula sin ventanas. Quedaban unos pocos bancos libres, desperdigados, esperando. De un vistazo general, comprobé que la mayoría pertenecíamos a la misma generación. Eramos alrededor de quince alumnos, entre varones y mujeres. Reconocí a Eduardo, con quien estaba cursando Gramática, y lo saludé con un gesto de la mano. Tomé asiento en la mitad del salón, contra la pared derecha que daba a la puerta. Saqué el block de notas de la mochila y una birome. Dejé la mochila en el piso. Respiré hondo. Me sentía algo cansada. Levanté la vista al escritorio vacío delante del pizarrón negro. 
   Pasaron cinco minutos. De a poco, el aula fue llenándose. Eramos veinte alumnos. Cuando entró el profesor, deseé que fuera el número veintiuno. Pero se sentó detrás del escritorio, dejó su celular y una botella de gaseosa sobre él, y mientras se presentaba, recuerdo haber pensado (como quien nota que está a punto de llover): “lindo mi profe de literatura general”.
   Lo segundo que recuerdo es apurarme para no llegar tarde a la clase y de a poco, verme a mí misma desde afuera de la escena, tomando apuntes, tomando nota de cada gesto, entonación, postura, de cada mínimo detalle que componía la imagen de Julián. 
Laura.
- próxima entrega en dos semanas- tema: ¿cómo es Julián?-