15 de diciembre de 2014

El último mail de Julián.

   
    Se había terminado aquello que nunca empezó. Mis ilusiones estaban partidas en millones de pedazos imposibles de recobrar. Julián tenía novia. Pero sin embargo, había algo muy dentro de mí que me decía que él no quería perder el contacto. Y no me equivocaba.
   El día siguiente de la presentación del libro, recibí un mail de Julián. Me agradecía caballerosamente por haber asistido. Su cortesía le impedía el desdén del silencio. Me preguntaba si pensaba rendir el examen final de la materia a fin de cuatrimestre. ¿Acaso él también esperaba que yo dejara de ser su alumna para avanzar un paso más? El mail me había dejado confundida y sin saber qué pensar, con el alma revuelta de ilusiones como mariposas de alas rotas.
   Le respondí dejando puertas abiertas, que Julián no tardó en cerrar con el simple hecho de no contestarme. Fueron varios meses de silencio. Entonces decidí poner mis energías en las materias que debía aprobar para seguir con mi carrera. Aprobé los finales. Inclusive el de Literatura General. Afortunadamente, Julián no estuvo presente en la mesa examinadora. De lo contrario, no hubiera podido  concentrarme teniéndolo en frente por más determinación que tuviera.
   Dos días antes de fin de año, habiendo terminado mi primer ciclo en Letras, coincidimos con Julián en el chat. Era algo inhabitual en él. Nunca antes lo había visto conectado. Sentí que algo se encendía dentro de mí. Una sensación que creía extinta en el olvido. Su presencia virtual me trajo el recuerdo de su cabello castaño y corto, sus ojos de tierra y miel, su manera de pronunciar mi nombre. Algo más fuerte que mi voluntad me impulsó a hablarle.
   Para mi sorpresa, me contestó con rapidez y comenzamos a conversar. Hablando sobre libros y mi origen provinciano, le conté que tenía mi biblioteca descuartizada como Osiris: algunos libros aquí, otros en el interior.  Le di el pie para que me contara que él apenas tenía algunos consigo porque vivía en la casa de su novia y el departamento era muy pequeño, tan pequeño que “podría hacer que cualquier cosa devenga en ex”. Hablamos durante casi dos horas sin darnos cuenta del paso del tiempo. Hacia el final de la conversación, dijo que le había agradado hablar conmigo. Casi me quedo sin aire. Pero aspiré una bocanada grande y me animé a proponerle que siguiéramos la charla con un café, si eso no lo comprometía. Dijo que su situación era comprometida, “en efecto”. Lamenté que no pudiera. Insistió en que quizás algún día tomaríamos ese café. Quise creerle. Pero era como un pájaro en mis manos: se había dejado acariciar un momento para luego volar.
   Así se despidió Julián dejándome con el alma agitada por un huracán de sensaciones. Al pensar en él, a veces creo que es imposible que no se hubiera dado cuenta de mis sentimientos. Otras, me convenzo a mí misma que de tanto deseo por conocerlo, leí entre líneas lo que quise ver. Durante años me sentí presa de amor por él. Deseé librarme y volver a ser la de antes de saber de su existencia. Y al mismo tiempo, no hubiera cambiado nada en el destino.  En ese destino, que cinco años después, volvió a cruzarnos.


Próxima y última entrega: La vida vuelve a cruzarnos

16 de septiembre de 2014

La presentación del libro


   Estaba sentada en la anteúltima fila de la derecha. Nerviosa. Con mi carpeta de la facultad en la falda, tratando de distraerme a mí misma con unos apuntes.
   Había salido del trabajo a las corridas para cambiarme en casa: pollera negra, remera de encaje blanca, campera estampada con flores negras y blancas y cartera haciendo juego. Todo especialmente elegido para la ocasión.
   Alcancé a escuchar y ver de reojo que Julián había llegado y saludaba  a unos chicos que estaban pasillo por medio, casi a mi lado, en el sector de sillas de la izquierda. No me atreví a saludarlo. El creo que no me vio.
   Julián fue a saludar a tres chicas que estaban sentadas dos filas adelante. A la del medio, la saludó con algo que me pareció un beso en la boca. Quise creer que me había equivocado pero a partir de ese momento, mi corazón  comenzó a estrujarse. Una de ellas se corrió a un costado, dejándole el lugar libre. Julián se sentó al lado de la chica del medio. Era una mujer común y corriente, alta, de rostro sin rasgos llamativos, ni una gota de maquillaje, pelo corto oscuro corte carré. Vestía un jean gastado y una remera que podría usar de entre casa. Sí, había empezado a sentir celos. Y eso que aún no sabía lo que me esperaba por sufrir.
   La presentación del libro no había comenzado. Ellos cada tanto hablaban pero no había nada que me hiciera pensar que existía un lazo que los uniese. O quizás no quería verlo. Hasta que Julián pasó su brazo apoyándolo en el respaldo del asiento de ella. No, no la estaba abrazando. Eso no significaba nada.
   En unos minutos empezó la presentación. No hubo contacto por varios minutos (no sé cuál de los dos tomó la iniciativa) hasta que Julián aferró la palma de ella, apoyándola sobre su rodilla y sus dedos largos empezaron a acariciar con dulzura su mano, dibujando círculos imaginarios con el pulgar. Fue el único y repetido gesto de cariño entre ambos, exceptuando el leve beso, pero fue suficiente para hacerme pedazos el alma.
   Durante dos horas soporté el padecimiento de ver sus mutuas caricias en las manos y deseé ser yo quien ocupara el lugar de ella. Deseé salir corriendo de allí y que con mi huida quedaran atrás mis ilusiones por Julián, mi sentir, todo lo que había imaginado decirle esa tarde y que tuve que callar. Sin embargo, no podía irme. Hubiera sido descortés y desconsiderado de mi parte abandonar el salón en medio de la presentación.
   En esas dos horas traté concentrarme en los disertantes y a medias pude enterarme de qué iba el libro. De haber prestado cien por ciento atención hubiera tenido una razón más para enamorarme de Julián. Se nota que es un profesor inteligente y muy querido por la cátedra. Pero estaba buscando motivos para desenamorarme y no los encontraba. Ni siquiera ella. Ni siquiera él. De todas maneras, no era su culpa. Yo sabía que me arriesgaba a amarlo en silencio sin saber su situación sentimental. Y sabía perfectamente que era muy probable que en la presentación se develara ese misterio. Quizás por eso había ido: para encontrar un motivo para olvidarlo. Aún así, a pesar de ella, me iba con las manos vacías. En el fondo lo sabía: alguien como él no podía estar solo, era demasiado interesante como para que ninguna mujer lo hubiera descubierto. Y yo había llegado tarde. Lo peor de todo fue darme cuenta, mirándolos juntos, de que eran tal para cual.
   Terminada la presentación, no así mi sufrimiento, quise saludarlo pero no me iba a acercar mientras ella estuviera a su lado. Pasaron unos breves minutos. Ella se levantó y salió. Di unos pasos hacia Julián y le toqué el hombro. Giró. Pareció sorprendido al verme. ¿No esperaba que fuera?  ¿Se alegraba? Sonrojándome y sintiéndome incómoda, lo felicité.
   -Gracias por venir, Laura.
   Asentí. Murmuré la primera cosa que se me vino a la mente para despedirme. Julián me volvió a agradecer. Dijo algo como “nos vemos”. Me fui con paso ligero. Era inevitable no sentirme estúpida. Me había enamorado de Julián sin ser correspondida en lo más mínimo. Salí jurándome olvidarlo, como si eso fuera tarea fácil.
   Llegué a casa, sin embargo, intuyendo que Julián siempre tan caballero, iba a mandarme un mail agradeciéndome por haber asistido a la presentación. Lo que nunca imaginé, entre tanto dolor, era que lo recibiría tan pronto.


Próxima entrega: El último mail de Julián.

18 de agosto de 2014

La devolución de la monografía (II)


   Julián había corrido la mochila, habilitando un lugar a su lado. Me senté, con el parcial en la mano y el alma a punto de huir de mi cuerpo de la alegría. Pocas veces fui tan feliz por estar cerca de alguien. La última vez que sentí eso fue con mi amor imposible de secundaria.
   Le hice un par de preguntas sobre la monografía. Me sentí la mujer más afortunada del mundo por tener sólo para mí, unos segundos su atención. El me explicaba, mirándome a los ojos y yo no podía evitar perderme en sueños (al mismo tiempo que tomaba nota mentalmente de sus acotaciones teóricas). Cada tanto (un par de veces, creo), sentía su brazo cerca del mío y hubiera deseado prolongar ese ínfimo roce durante siglos. Para remarcar ciertos comentarios, Julián tocaba mi brazo con sus dedos largos, queriendo llamar mi atención, cuando toda ella estaba puesta en su persona.
   Deseé que las correcciones no acabaran nunca y quedarme congelada en ese momento. Pero como dicen por ahí: la felicidad es breve. Y tuve que irme. No podía ser egoísta y quedarme más tiempo cuando había otros compañeros esperando las indicaciones de Julián. Sonreí y le agradecí. Me deseó suerte para el final. Yo también estaba deseando tener la nota de aprobación en la libreta. Era la llave para que comenzara algo entre él y yo.
    Salí de Puán con el corazón haciendo redobles de tambor. Cada vez faltaba menos para poder estar junto a él, para confesarle todo lo que sentía.
   Al llegar a casa, le mandé un mail agradeciéndole las correcciones.  El contestó al día siguiente. Me daba pié para seguir el intercambio, por mail, para consultarle cualquier duda que tuviera sobre el último examen liberador. Pronto sería el final. No sospechaba que estuviera tan pronto. No esperaba ver a Julián antes. Pero lo vería. Su siguiente mail, fue una invitación a la presentación de un libro que había escrito en conjunto con la cátedra de otra universidad en la que trabajaba.
   Era mi oportunidad para decirle lo que sentía. Estaba decidida. Iría a esa presentación. Y cuando terminase, me acercaría a él y se lo diría. Iba a jugármela.


   Próxima entrega: La presentación del libro. 

29 de julio de 2014

La devolución de la monografia (I)

Luego de la conferencia, Julián se acercó a mí en la fotocopiadora para alcanzarme un libro que había perdido en mi huída de su mirada. Sentí que el piso se movía bajo mis pies cuando escuché que él decía mi nombre.
   -Laura. Se te cayó esto – dijo extendiendo su mano. Sus dedos rozaron con los míos. Apenas pude sonreírle con nerviosismo.
   -Gracias, Julián…
   -Me quedaría hablando pero tengo que… me esperan.
   Bajó su mirada pero no pudo ocultar la pena. Yo, en cambio, estaba feliz. Sabía que volvería a verlo en quince días. Y quince días pasaban muy rápido.

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13 de Julio. Había llegado la fecha de la devolución de la monografía-parcial. Sala de profesores. Julián, sentado al fondo, contra una ventana. Me devolvió la monografía mientras hacía las devoluciones a mis compañeros. Nota: siete. Mi delirio interpretativo teórico había dado buenos resultados. Julián no me estaba regalando nota.  Ojeé el trabajo y valía la pena quedarme un rato más releyendo las correcciones. Julián se había tomado el trabajo de hacer una lectura muy detallista y sus comentarios constructivos eran más que interesantes. Así que me senté dos sillas vacías de por medio al lado de Julián y me detuve exhaustivamente en cada acotación que él había hecho a mi texto.
Había sido realmente detallista con las correcciones. Y por lo que observaba, era así con todos mis compañeros. Otro motivo más para enamorarme. Miráme, Julián. Mis compañeros pasan. Pocos se quedan un ratito más. Y yo sigo leyendo el parcial.
Cada tanto, Julián me mira de costado. Seguro le incomoda que me haya quedado tanto tiempo. Pero yo me siento incómoda también. Cada vez que percibo su mirada, me sonrojo. Quisiera besarlo y salir corriendo. Pero me quedo.
-Podés preguntarme, si querés…
Me quedo muda por unos segundos. Trato de esbozar una sonrisa torpe.
-Sí, cuando termine de leerlo bien, te pregunto – alcanzo a contestarle mientras siento que toda la sangre del cuerpo se me acumula en las mejillas. Vuelvo a enfrascarme en la lectura, tratando de que la blancura del papel se me contagie.
Mis compañeros siguen pasando uno tras otro. Escucho que uno de ellos desaprobó el parcial. Debe tener apenas dieciocho años y está recién salido del secundario. Julián le pregunta si ya cursó otras literaturas. Se lo recomienda antes de rendir el final. Mi compañero, igual se va contento. Y no sé en qué momento sucede ni cómo, pero de pronto me veo por unos segundos hablando con Julián. Me pregunta si es la primera materia que curso.
-No. Bueno, más o menos. Empecé recién este cuatrimestre la carrera. Cursé al mismo tiempo Gramática, Literatura Alemana, Lingüística y ésta. Por ahora aprobé la cursada de todas.
Julián me mira con sorpresa.
-Te metiste con materias complicadas.
Le sonrío con timidez y vuelvo a la lectura de mi parcial. Habían pasado tres cuartos de hora y decidí preguntarle sobre las correcciones. Hice un gesto para levantarme de la silla y sentarme en la que quedaba enfrentada a él, pero Julián quitó su mochila de la silla contigua a la suya y no pude resistirme a semejante invitación.

(continuará)


Próxima entrega: La devolución de la monografía (II)

7 de julio de 2014

La conferencia


   Había entregado la monografía-parcial. Julián tendría una quincena para corregirla. Dos semanas sin verlo. Sin embargo, entre medio de esos días, estaba la conferencia a la que me había invitado. Y obviamente, no pensaba faltar.
   Llegué temprano. El aula estaba casi llena. Divisé a mi compañero Eduardo, sentado al fondo. Lo saludé y me ubiqué junto a él, mientras echaba un vistazo buscando a Julián. Mis esperanzas por verlo una vez más se esfumaban con el pasar del tiempo. Dos minutos para la conferencia y ni rastros.
   El profesor titular se había ubicado al frente, de espaldas al pizarrón. A su lado, el disertante principal. Estaba a punto de dar inicio a la conferencia cuando Julián entró agitado. Hizo un gesto con la cabeza, a modo de saludo hacia el titular de cátedra, y evaluando espacios vacíos con una mirada panorámica que veía y no veía a la vez, se ubicó unos metros delante de mí.  Parecía como si hubiera corrido para tratar de llegar puntual.
   La conferencia comenzó y a pesar de que mi atención estaba en las palabras que decía el conferenciante, el resto de mis sentidos,  magnetizados por Julián. Desde donde estaba ubicada lo veía de espaldas y de medio perfil. Nunca lo había mirado desde esa perspectiva, ya que siempre se sentaba frente a mí en las clases.
    Me sentía un poco culpable por observarlo tanto, como si mi vista pudiera descubrir sus secretos más recónditos sin que él lo supiera. Y después de mirarlo tanto, llegué a la fatídica conclusión de que lo mire por donde lo mire, me gusta más de lo que debería.
   Cuando terminó la disertación, Julián salió del aula y se quedó en la puerta, conversando con los demás profesores. Otros alumnos los rodeaban. Pasé por su lado. Pude sentir su mirada al mismo tiempo que mi brazo, sin quererlo (¿o queriéndolo?) rozó el suyo.  Me sonrió. Le devolví el gesto mientras sentía que todas las tonalidades del rojo subían a mis mejillas.
   -Laura –alcancé a oír. Era su voz. Me llamaba. Pero no podía darme vueltas. Apuré el paso.
   Todavía me quedaban unos minutos antes de volver al trabajo. Había pedido la mañana para estudiar.  Aproveché para ir a la fotocopiadora. Estaba lleno de gente. Saqué número y apoyé la espalda contra una pared, dispuesta a esperar lo necesario. Quería conseguir los apuntes de Literatura  General que me faltaban para complementar las lecturas para rendir el final. En caso de aprobar el parcial, las fechas eran en menos de un mes. Una vez aprobada la materia, la relación profesor-alumna con Julián se acabaría, y con ella, las barreras que nos separaban... aunque esos límites se quebrasen cada vez que me sonreía.
   -Laura – otra vez él -. Se te cayó esto – me dijo Julián, dándome un libro.



   Próxima entrega: Ultima clase: la devolución de la monografía.

20 de mayo de 2014

La entrega de la monografía

   Ahora era mi tiempo de retroceder dos pasos, para luego avanzar. Por eso decidí no acudir al bar donde Julián había dicho que iría a resolver consultas de sus alumnos. Sabía que en el fondo, él me esperaba allí pero mi jugada era otra.
   El día de la entrega del parcial había ido unas horas antes a la facultad para estudiar en la biblioteca. Me había llevado un texto de literatura alemana para terminar de leerlo pero apenas me podía concentrar. Ansiosa, golpeaba sin darme cuenta, el piso con el taco de mis botas negras, marcando un ritmo inexistente.
   Dejé pasar unos minutos de la hora fijada para no llegar tan puntual. Subí al tercer piso con impaciencia. El taconeo de mis botas resonaba por las escaleras pero se perdía en el ruido de los estudiantes que bajaban y subían los escalones. Sólo cuando vi a Julián sentado al fondo del pasillo, frente al aula de profesores, y avancé hacia él, tuve la sensación de que el aire se llenaba de silencio y que el sonido de mis tacos retumbaba en el edificio. Al llegar hasta él, lo miré y le sonreí.
   -Hola.
   -Hola, Laura –dijo, levantando la mirada.
   Al mismo tiempo bajé mi rostro y lo saludé con un beso en la mejilla, que creo que me desconcertó  más a mí misma que a él. Creo que si hubiera pensado en saludarlo así, no lo hubiese hecho.
   -Disculpá que no me levante. Estoy cansado –comentó, excusándose.
   -¿Mucho trabajo? – dije – mientras revolvía en mi mochila, buscando el parcial.
   -Sí – contestó, al tomar la monografía que le extendía. Me sonreía. Yo le devolví la sonrisa.
   -Bueno… nos vemos en la devolución…
   -Chau, Laura…
   Dí media vuelta. ¿Eso era todo? Parecía que quería decirme algo más.
   -Laura…
   -¿Sí? – volví sobre mis pasos.
   -¿Vos cursás los teóricos?
   -Sí, claro…
   -La cátedra organiza una conferencia. Va a traer a varios autores. Si te interesa, es el viernes a las cinco… ¿Le podés avisar a tus compañeros?
   -Sí, claro…
   Me sentí feliz. Sabía entonces que lo vería una vez más antes de la devolución del parcial. Porque de seguro, él estaría allí. No iba a perderse la conferencia. Me había quedado mirándolo a los ojos sin saber cómo continuar la conversación hasta que aparecieron unas compañeras a entregar sus trabajos. Fue la excusa perfecta para huir. Ya me estaba sintiendo incómoda por no inventar ningún pretexto para continuar hablando con Julián.  Lo saludé de lejos con un gesto de la mano y me fui con una gran sonrisa y el alma escapándoseme en suspiros.


   Próxima entrega: La conferencia.

27 de abril de 2014

Los mails, entre líneas

   A la mañana siguiente, a primera hora, recibí su respuesta. Formal y cordial como siempre, resolvía mis dudas sobre ciertos aspectos de la monografía, me advertía acerca de los peligros de mi investigación y valoraba mi iniciativa de aventurarme con un análisis teórico original. Eso, entre otras cosas. Más, entre líneas.
   Julián comenzaba pidiéndome disculpas por haber suspendido la cursada de ese día. Decía que no le había visto objeto continuar con la clase previa a la entrega de la monografíía, siendo que éramos tan pocos, y que yo había sido su “única interlocutora, la única que había leído (…)” el texto que se iba a trabajar esa tarde. Creía que había sido una sensación mía pero ahora que la leía, esa frase avalaba ciertos momentos en la clase en los que yo sentía que estábamos los dos solos en el salón, aunque estuviera repleto de gente. Hacia el final del mail, comentaba como a la pasada, que durante esa semana, se encontraría en el bar cercano a la facultad el viernes y el lunes, a las ocho de la noche, durante una hora, por si necesitaba de su consulta.
   El juego estaba abierto. Y yo comenzaba a entenderlo. Julián adelantaba dos pasos y retrocedía tres, para luego saltar diez y así, regresar y avanzar sucesivamente. Mareaba. Confundía. En los momentos en que me decidía a dejar de pensar y sentir por él, en que trataba de distraerme de él, Julián volvía al ruedo con una apuesta velada más fuerte. Los mensajes eran entre líneas, sutiles, apenas una luz entre las sombras. Lo que estoy segura, no sospechaba él, era que yo había advertido sus movimientos. Y yo sabía jugar. Y prefería apostar, perder y quedarme sin nada, antes que, parafraseando a Benedetti,  quedarme inmóvil al borde del camino. La próxima clase sería la entrega de la monografía. Luego de la corrección, el examen final. No faltaba mucho tiempo para que le confesara mis sentimientos.

LA ÚNICA QUE HABRÍA LEÍDO

El mundo se desvanecia alrededor 
sólo tu voz / nada más / la broma irónica / 
un poco de risa para disimular el marco 
/ risa a la cual me invadía ocultando / 
/ suspiros profundos / deseo de ser aire / 
/ de ser palabras para que tus ojos me miren / 
/ y pasar acariciando tus labios hasta el sonido 
sólo el sonido de tu voz y nada más / nadie más. 
No sé si para vos habrá sido igual. 
Yo me contenté con ser / al menos por ahora / 
/ temáticamente / 
/si querés ponerlo así: temáticamente 
tu única interlocutora. 

                                                   
                                     Laura Reed.

Próxima entrega: La entrega de la monografía.

10 de abril de 2014

Los temas subyacentes a la monografía. O leyendo entre líneas…

  Las semanas siguientes noté un cambio en la actitud de Julián hacia mí. Durante las clases interponía una barrera infranqueable, y al terminar éstas, no me daba la oportunidad de acercarme para hacerle ni siquiera una mínima consulta. Si lo miraba a los ojos con firmeza, bajaba la vista al suelo. Si desde el fondo del aula (y desde lo más profundo de mi corazón) le sonreía aunque más no fuera tímidamente, hacía sentir que mi gesto era invisible. Me moría de intriga por saber qué lo había hecho retroceder en sus ganas de conocerme. Algo estaba sucediendo y fuera lo que fuera, me carcomía el alma desconocerlo.
  Quedaba una última clase antes de la entrega de la monografía. El tema que yo había elegido a desarrollar como hipótesis del parcial-monografía era más que complejo. Se me había ocurrido indagar aspectos de un texto que nadie había explorado antes. Le había consultado por mail algunas dudas bibliográficas, que él había resuelto con líneas escuetas, corteses pero frías, donde me advertía que mi análisis era un tanto riesgoso. Quedaba sólo una clase y esperaba que en ella, Julián pudiera orientarme; y como excusa, acercarme a él con consultas.
   Por el tránsito me atrasé unos diez minutos. Subí corriendo los pisos de la facultad. No estaba preparada para lo que iba a suceder: cuando entré al aula, había sólo cuatro alumnos sentados en semicírculo, alrededor de Julián. Era época de parciales y la mayoría seguro habría faltado para estudiar. Sonreí con la esperanza de tener una clase no tan numerosa, lo que podía favorecer más tiempo al lado de mi profesor. Acerqué una silla junto a mi compañero Eduardo y me senté, expectante. Julián sonrió con pena.
   -Vamos a esperar un poco, pero si no viene nadie más, voy a suspender la clase.
   No podía ser cierto. La felicidad se me desdibujó del rostro. Bajé la vista para ocultar mi tristeza.
   -Además nadie leyó la bibliografía para hoy que… Laura…
   ¡A mí! ¡Se dirigía a mí! Finalmente había llamado su atención.
   -…su compañera Laura va a trabajar en la monografía con el texto de hoy… ¿alguien más lo leyó o va a analizarlo?
   Silencio rotundo. Ninguno, excepto yo. Julián fue despejando las dudas de cada quien sobre su monografía. Quedé para lo último pero ambos sabíamos de mi desafío intelectual en el análisis del texto.
   -¿Y vos, Laura? ¿Tenés alguna duda?
   Quería preguntarle qué le pasaba conmigo. Por qué se había vuelto tan distante desde la vez que me había acompañado hasta mi casa. Quería despejarle sus dudas acerca de mí. Quería que supiera que esa distancia fría que nos separaba, me estaba haciendo caer el alma en pedazos.
   -No, gracias – mentí.
   Julián dio por finalizada la consulta y por suspendida la clase. Me fui triste, esperando que mi desilusión no se hubiera notado. Pero no podía quedar así. Al regresar, le envié un mail. En ese intercambio, entre sus líneas y las mías, podía leerse algo mucho más interesante que una simple relación académica.
  

  Próxima entrega: Los mails, entre líneas.

6 de abril de 2014

¿La tercera es la vencida?


  El beso estaba a medio camino de mis labios y los suyos cuando sonó el celular. Julián sonrió con incomodidad y alejó hacia atrás su cuerpo mientras atendía el llamado.
   -Hola. Sí… voy, me demoré un poco…– contestó con voz cargada de rutina – …media hora.... listo.
   Julián miraba el piso. Cada tanto levantaba su vista hacia mí. Yo me había quedado petrificada con las llaves entre las manos y el beso rondando en el aire. Jugaba con una de las llaves, girándola entre los dedos.
   -Perdón –dijo, luego de guardar su celular.
   -Está bien. Nos vemos en la clase…
   La llave se resbaló entre mis dedos. Julián se agachó a recogerla. Me las dio. Por un segundo sentí el calor de sus dedos largos en mis manos. Me miraba a los ojos. El tiempo parecía haberse detenido. Sonreía. Las palabras no surgían de ninguno de los dos pero era evidente que queríamos prolongar el momento. Entonces, me tiré en caída libre. Sin pensar, sin medir los efectos que podrían tener mis palabras, brotaron para estrellarse en la frialdad de la noche.
   -Te invitaría a tomar un café…
   -Me encantaría… -dijo sosteniéndome la mirada.
   -Pero…
   -Es tarde.  
   No podía creer lo que estaba sucediendo. Todavía me sentía un poco débil del desmayo y el mundo empezaba a girar bajo mis pies. No sabía cuánto más iba a poder resistir la conversación. A esa altura dudaba acerca de que fuera mi debilidad la que me hacía notar que él también deseaba quedarse o si era yo que estaba haciendo una novela de una simple despedida. Sin embargo, Julián seguía estaqueado al piso.
   -Qué pena –y las palabras seguían fluyendo de mi boca, cada vez me hundían más en el piso. Bajé la mirada.
   -No –dijo con seguridad, e hizo que levantara la vista-. Qué pena, no. Algún día tomaremos un café …
   Ahora sí que el mundo giraba pero adentro de mí. No eran delirios. Me estaba arrojando una línea.
   -Sí, claro… bueno, buenas noches…
    Julián se acercó despacio y me besó en la mejilla. Pude sentir el aroma de su perfume.
   -Buenas noches, Laura.
   Mi nombre quedó flotando en el aire, igual que el beso en los labios que nunca voló hasta mi boca. Pero yo sabía que no tardaría en llegar.
  

  Próxima entrega: Los temas subyacentes a la monografía. O leyendo entre líneas…

26 de marzo de 2014

Julián y yo viajamos juntos.


   Jamás, ni en mis pensamientos, ni en mis deseos, se me hubiera cruzado que Julián iba a acompañarme alguna vez de regreso a mi casa. Pero así era. Se había ofrecido, aún a costo de desviarse (más que cuadras, varios barrios enteros, según me enteré después). Yo no quería sacar conclusiones apresuradas. Era tan solo un gesto caballero de su parte, una actitud de preocupación hacia una de sus alumnas.
   En el trayecto de colectivo, unos veinte minutos, traté de que el frío de la noche congelara mis emociones y reflexiones al respecto. ¡Pero aún así, qué difícil era dejar de volar con la imaginación! Julián estaba sentado en el último asiento del colectivo, a mi lado, su hombro izquierdo rozaba mi brazo derecho, su rostro, tan cerca del mío, que era terriblemente arduo detener el impulso de acercar mi boca y besar cada palabra que salía de sus labios. Era comparable a cocinar con esmero un postre y luego sólo tener que admirarlo sin probar bocado.
   Julián hablaba entusiasmado de su trabajo como profesor. Pronto publicaría un libro, producto de una investigación con otra cátedra. No salíamos de temas académicos y yo tampoco me animaba a preguntarle sobre su vida personal. Estaba dispuesta a que lo que tenía que ser, fluyera, sin forzar nada.
   Por la ventana del colectivo reconocí que estaba cerca del lugar donde debía bajarme. Me levanté del asiento y con la mano me aferré al caño junto a la puerta trasera.
   -Estamos por llegar. ¿Seguís o…? –pregunté, mientras él se paraba, cortando mi frase por la mitad.
   -No, por favor, te acompaño. Si no te molesta, claro…
   Le sonreí mientras apretaba el timbre del colectivo. Julián se puso a mi lado.
   -Claro que no me molesta. Gracias – le dije, acomodándome el cabello detrás de la oreja.
   Un auto se interpuso en el carril de la avenida. El chofer del colectivo frenó con brusquedad. Por inercia caí, enfrentada, sobre Julián. El alcanzó a agarrarme de la espalda y balanceó el peso de ambos. Por unos breves segundos, (y gracias al destino) quedé entre sus brazos. Mis labios estaban muy cerca de los suyos. Nos miramos a los ojos. Una fuerza ajena nos conducía a lo inevitable.
   -¡La reputamadrequeterecontramilparió! –largó el colectivero.
   Los dos miramos hacia adelante, sonriendo ante el insulto. El momento había pasado. No se podía volver el tiempo atrás. Julián aflojó la tensión de sus brazos. Me tomé del caño del asiento.
   -¡Qué temperamento! – comentó para cambiar el aire de la situación.
   -Sí…
   Ninguno de los dos sabía cómo seguir la conversación. El también lucía un poco perturbado por la situación de nuestros labios tan juntos. El chofer acercó el colectivo al cordón. Esta vez, frenó con más suavidad. Bajamos.
   -Estamos a una cuadra, no más.
   -No hay problema, Laura.
   Comenzamos a caminar por la noche del barrio. Apenas un quiosco quedaba abierto. Era cerca de medianoche. Llegamos a la entrada del edificio.
    -Es acá – dije y saqué las llaves de la mochila -. Gracias por acompañarme.
    -De nada. Nos vemos… – contestó acercándose para darme un beso en la mejilla.
   Nuestras caras se acercaron casi de frente. Por un momento titubeamos en qué mejilla besarnos. Habíamos quedado por segunda vez cerca de los labios del otro. Era solo un instante definitivo. Y en ese mismo instante, empezó a sonar el celular de Julián.


  Próxima entrega: ¿La tercera es la vencida?

20 de marzo de 2014

La medicina más dulce



   Cuando desperté en la enfermería de la facultad, en lo primero que pensé fue en Julián. ¿El habría visto mi desmayo? Esperaba que no, o me moriría de vergüenza. La enfermera me explicaba que había sufrido un bajón de presión, probablemente debido al estrés por la época de exámenes. Me preguntó si alguien me podía acompañar hasta mi casa. Negué con la cabeza: Michelle estaría haciendo guardia a esa hora, y Eduardo, mi compañero de curso, ya se había ido de la clase. Esperé unos minutos más, me tomó la presión nuevamente y pude retirarme.
   Crucé las puertas de la universidad y salí hacia la calle. Era fines de mayo y el frío se hacía notar. Me prendí los botones del saco negro. Por suerte no había llevado la bicicleta. Tenía unas pocas cuadras hasta la parada del colectivo. En el trayecto, no podía hacer otra cosa más que pensar en Julián. Últimamente lo notaba interesado en mí, o al menos eso me parecía. Quizás también él estuviera buscando excusas para conocerme más. Tal vez él tampoco se animaba a hacer nada porque aún nos unía la relación profesor-alumna, y temía comprometer su trabajo.
   Había caminado una cuadra cuando escuché pasos detrás de mí. Estaba segura que eran otros estudiantes que como yo habían salido tarde de la facultad. No le di importancia, apreté la mochila contra mis brazos, y apuré el paso. La ciudad se ponía peligrosa a esas horas de la noche. De por sí, soy de caminar aprisa. Y apurada, pareciera que voy dando zancadas en vez de pasos. Empecé a preocuparme cuando noté que también a mis espaldas, aligeraban la marcha. No tenía nada de valor que pudieran robarme pero la situación me había puesto nerviosa. Sentí que me tocaban el hombro. Casi doy un salto del susto. Cuando giré, casi vuelvo a desmayarme. Detuve la marcha. Era Julián.
   -Laura… disculpáme, creo que te asusté. No fue mi intensión…
   -Está bien… -alcancé a murmurar ante la sorpresa.
   -Te llamé antes pero venías abstraída. Además, caminás muy rápido.
   Le sonreí, asintiendo. Julián hizo un gesto con la mano, señalando adelante en el camino.
   “Si no te molesta, te acompaño. ¿Qué colectivo tomás?
   -El siete.
   -Me preocupé –dijo mientras se acomodaba los lentes -. Me dijeron que te desmayaste.
   No podía imaginar quién le había ido con el cuento. Su interés me había tomado tan en sorpresa como su aparición. Volvió el rostro hacia mí.
   -Sí… se me bajó la presión. Nada serio – contesté, sonrojándome.
   Había aminorado la marcha. Julián caminaba más despacio. Quizás él también no quería que el trayecto se terminara. Un silencio incómodo se apoderaba de la situación. No sabíamos qué decirnos, o en todo caso, dudábamos si era el momento adecuado para decirnos todo. Finalmente, llegando a la parada del siete, Julián rompió el hielo.
   -¿Cómo vas con la monografía? ¿Pensaste qué libro vas a analizar?
   -Esta semana te mando por mail un resumen del tema que elegí. Creo que me estoy metiendo en algo complicado, pero me gustan los desafíos.
   Julián sonrió y agachó la cabeza al piso. Cuando levanté la vista, un colectivo pasaba por la parada. Noté que Julián también lo había visto de reojo. El tampoco había hecho señas para que parase.
   Durante unos minutos hablamos de cosas de la facultad. Nada interesante. Pero detrás de esas palabras fluía una corriente de tensión en la cual los dos sabíamos que algo más sucedía. Pasaron diez minutos y dos colectivos. Cuando los vimos venir, ambos miramos hacia otro lado y continuamos la conversación. Era evidente que no queríamos irnos.
   -¿Vos qué colectivo te tomás? No quiero que te quedes acá por mí…
   Casi vuelvo a desmayarme cuando escuché su respuesta:
   -Puedo tomar el siete. Me desviaría unas cuadras, pero prefiero acompañarte para saber que llegás bien.
   -continuará-
    

  Próxima entrega: Julián y yo viajamos juntos.

15 de marzo de 2014

Una conversación de pasillo con Julián (II).


   Julián bajó la vista al suelo, como si el piso se moviera bajo sus pies y no fuera él quien ascendía las escaleras.
   -Hay un uso interesante del gerundio.
   -Es mi verboide favorito: muestra la acción en el mismo momento en que sucede, es puro movimiento.
   -Sin embargo en tu poesía el gerundio es efecto de una inmovilidad.
   Sonreía. Lo miré extrañada. Esperé unos segundos para ver si decía algo más que me permitiera comprender su interpretación. Con tanta lectura analítica tenía dudas de que Julián se hubiera dado cuenta de que la poesía era inspirada en y para él. Llegamos al descanso del segundo piso. Nos tuvimos que detener: otros estudiantes bajaban e interrumpieron nuestro paso.
   -El yo poético –dijo levantando su vista hacia mí -, parte de una situación estática, de no decir, de callar…
   Sí, había comprendido. Y muy bien. A medida que hablaba, sentía que sus palabras evidenciaban mis sentimientos por él. Julián no dejaba de sonreír  como si se tratara de un juego. Yo seguía ruborizándome. Maldecía la hora en la que le había preguntado su opinión. El tenía intensiones de continuar con el análisis de mi poesía. Frenamos en otro descanso de la escalera. Yo apretaba la servilleta entre mis manos. Julián tomó con delicadeza el papel. Sus dedos largos y blancos me rozaron la piel. Cerré los ojos mientras un estremecimiento me recorría el cuerpo.
   -Permitíme –dijo, descubriendo en el revés, la otra poesía-. Esa pasividad se corrobora en los versos escritos detrás. Asumo que fueron inspirados ante la misma situación. Además, las poesías han sido escritas el mismo día…
  Julián hizo una pausa. Se aclaró la garganta. Entonces de sus labios surgieron mis palabras, inspiradas en él:
   -”Quizás te quiero porque callo / y caigo tal vez en quererte / sin posibilidad de que lo sepas  /  tampoco sabré si me quieres”.                                                 
   Ni en mis sueños más románticos imaginé que Julián recitaría una de mis poesías. Estaba en las nubes. Me sentía expuesta, desnuda, desarmada. No sabía qué hacer, qué decir, cómo reaccionar. Era imposible que Julián no supiera. Lo único que pude hacer fue quedarme muda, con la vista fija en el papel que él sostenía. Me lo devolvió levantándolo unos centímetros ante mis ojos. Lo miré. Sonreía con la sonrisa de quien ha descubierto un secreto.
   -Gracias… noooo, no esperaba una devolución, tan… así…
   -Me encantaría quedarme pero otros alumnos me están esperando – dijo mientras subía un escalón.
   Julián apoyó su mano en mi brazo izquierdo. Un calor me invadió el pecho. Sentía que las piernas no podían sostener el peso de mi cuerpo.
   -Laura, me gusta tu escritura. Nos vemos.
   -Chau. Gracias...
   Giró. Me quedé mirando cómo terminaba de subir por la escalera al tercer piso y se perdía entre los estudiantes en el pasillo. Apoyé la espalda en la columna del descanso. Exhalé un suspiro profundo. No podía creer lo sucedido. Julián sabía. Ya no me cabían dudas. Había leído mis poesías. De sus labios habían surgido mis palabras para él. El mundo alrededor me daba vueltas. De no haber estado en la facultad, sé que nos hubiésemos besado. Esperé a que mi respiración se normalizara. Cerré los ojos. La certeza me había golpeado en el pecho. Cuando volví a abrirlos, me encontraba en la enfermería de la facultad.
  

  Próxima entrega: La medicina más dulce.

5 de marzo de 2014

Una conversación de pasillo con Julián (I).

   Tomé la poesía entre los dedos. Sentía que mi cara había pasado por todos los tonos de rojo habidos y por haber.
   -Gracias – alcancé a murmurar – hasta el próximo miércoles.
   Era el momento de iniciar una conversación. No me animé. Lo de la poesía me tomó por sorpresa y no pude reaccionar. Di media vuelta y salí del aula. Iba caminando por la mitad del pasillo cuando noté que él iba a mi lado.
   -Caminás rápido –me dijo, sonriendo.
   Vi que tenía entre sus manos el celular, los libros, los apuntes y la botella de Sprite. Hacía malabarismos para que no se le cayeran. Seguro había juntado las cosas a toda velocidad. Le devolví la sonrisa. Quise creer que su prisa era por alcanzarme.
   -Sí, siempre ando apurada.
   -¿Mucho trabajo en el consultorio?
   Debo haberlo mirado con sorpresa ante su buena memoria, porque agregó atropellando una frase con otra:
   “…a no ser que hayas cambiado de trabajo…¿no eras secretaria? Bueno, eso dijiste en la primera clase…
   Ahora era él quien se había ruborizado.
  -Sí, sigo ahí… más o menos, qué se yo… cansa andar a las corridas, pero bueno, ya estoy acostumbrada.
   Sonrió. Sonreí. Llegamos a la escalera. Julián ascendió un peldaño. Yo me quedé parada en el descanso.
   -¿Subís o bajás?
   -Subo – mentí. Lo cierto era que tenía que pasar por la fotocopiadora a retirar unos apuntes pero el estudio podía esperar.
   Julián bajó los ojos hacia el piso, como si no supiera qué decir, como si el silencio delatara que algo imperceptible sucedía entre los dos.
   -Así que escribís poesía…
   Lo miré a los ojos. Estaba descubierta ante Julián. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que lo sabía. No podía hacer ese comentario sin tener una leve sospecha de lo que yo sentía por él. Además, implicaba que había leído la poesía. Sí, él sabía que era el destinatario. No cabía duda.
   “… digo, porque claro, en efecto, vos dijiste también que escribías la primer clase…, y el otro día en el bar se te cayó ésta… perdónáme, la leí… no fue mi intensión… no quise...
    Se había puesto nervioso y se enredaba en disculpas. Lo miré a los ojos con una firmeza que me sorprendió a mí misma.
   “… digo, quizás no era tu intensión mostrarla y yo…
   -No, no…
   -Perdón…
   -No, no. No, que está bien – Julián pareció distenderse y respiró con alivio. Entonces, no sé de dónde saqué el coraje, pero le disparé: ¿Y qué te pareció?



  Próxima entrega: Una conversación de pasillo con Julián (II).

25 de febrero de 2014

La poesía perdida + la nota del 1° parcial

    Había sido un sueño. Sí, no podía ser verdad. Trataba de convencerme a mí misma de que era mentira que Julián había venido a sentarse a mi mesa en el bar. Y más me costaba creer que aún teniéndolo en frente, había desperdiciado la oportunidad de seguir conversando con él. ¡Justo cuando quería preguntarme algo! Me sentía mal por haberlo dejado con palabras por decir. Lo peor de todo era que estaba convencida de que había perdido la chance. Nunca más estaríamos él y yo en el mismo lugar, exceptuando el aula. Y allí, bien lo sabía para mi pesar, Julián era mi profesor.
   La clase siguiente era la entrega de notas del primer parcial. Confieso que estaba más nerviosa acerca de que Julián quisiera retomar su conversación, que sobre la opción de reprobar el examen. Si me iba mal, tendría el recuperatorio y ése sería un día más para verlo.
   Durante lo que quedó de la semana, mi mejor amiga Michelle trató de convencerme de que al final de la clase, me acercara como si nada, que pusiera como excusa la corrección del parcial o cualquier otro tema del programa. No sé cómo pero finalmente había logrado que tomara coraje para hacer el intento. Estaba decidida.
   Esa tarde jugó en contra el tránsito. Hubo un embotellamiento que provocó que llegara media hora retrasada a clase. Subí las escaleras aprisa. Entré agitada y cabizbaja, con vergüenza de la tardanza. Julián ya había entregado los parciales. En el pizarrón estaba anotada la fecha del examen a recuperar. Me dirigí directamente al primer banco que encontré vacío. Estaba en diagonal al escritorio. Saqué mis notas de la mochila. Me acomodé el pelo, despeinado por la corrida. Apenas levanté la vista, noté que Julián me estaba mirando de soslayo. Sonreía. Tomé la lapicera para copiar la fecha del recuperatorio.
   -Laura –dijo con un tono familiar que me tomó por sorpresa, y creo que a él también, porque inmediatamente se corrigió: Laura Read.
   -Sí – contesté.
   -Tu parcial –agregó, extendiéndome la hoja.
   No sé cómo hice pero le sostuve la mirada. Me sonreía. Tomé el examen y volví a mi silla. Me había sacado siete. Revisé las correcciones a las respuestas. Julián realmente se había tomado el trabajo de leer cada una de mis palabras. Y algo más que dentro de poco sabría.
    La clase se desarrolló con normalidad. Julián dictó el tema estipulado en el cronograma. Dio la bibliografía para la próxima clases y adelantó que fuéramos eligiendo los temas para el siguiente parcial.
    Cuando el último alumno se hubo ido, me dirigí hacia la puerta. En mi interior me debatía entre los nervios de intentar una conversación o irme cobardemente. Pero no podía dejarlo pasar. En el mismo momento en que frené y giré sobre mis talones, escuché que Julián me llamaba.
   -Laura –la familiaridad había regresado a su tono de voz -. Esperá – dijo mientras juntaba sus libros del escritorio.
   Le sonreí con nerviosismo. Empezó a buscar algo entre sus papeles.
   -Acá está – dijo, sonriendo. El otro día se te cayó esto – agregó dándome un papel cuadrado que no tardé en reconocer. Era la poesía que había perdido en el bar. ¡Y Julián la había leído!
 

  Próxima entrega: Una conversación de pasillo con Julián.

29 de enero de 2014

Julián y yo en el mismo bar (III)



 -No te quiero molestar – dijo, levantándose.

 Lo tomé del brazo, apenas.

 -No, por favor. Quedáte.

 Bajé la vista con timidez. ¡Cómo pude haberle dicho “quedáte”! Ahora sí que no volvería a

atreverme a mirarlo a los ojos. ¿Qué pensaría Julián de mí?

 -¿Estás segura? Porque… en serio, no quiero…

 Levanté los ojos. Seguía sonriendo. Le devolví la sonrisa. Asentí.

 -Estaba repasando - creo que soné convincente, a pesar de mentir, porque se volvió a sentar en

la silla, corrió el pocillo de café con sus dedos largos unos centímetros más adelante y apoyó los

codos sobre la mesa.

 -¿Estás cursando otras materias?

 -Sí – dije, más distendida-, aparte de General, Alemana, Gramática y Lingüística.

 Una veta de sorpresa se dejó entrever en sus ojos color tierra y miel.

 -¿Todas esas?

 -Sí. ¿Por?

 -Te anotaste en muchas. Y son materias complicadas - agregó, mientras tomaba un poco de

café.

 -Por ahora me está yendo bien…

 El profesor González entró por la puerta del bar. Me sentí incómoda. Era el titular de la cátedra

en la que trabajaba Julián. Yo sabía que no había nada malo en un encuentro fortuito con mi

profesor de prácticos. Sin embargo, temía comprometer a Julián. No podía decirle sobre mi

incomodidad. Eso implicaba poner en evidencia mis sentimientos.

 -Y decime, Laura…

 El profesor González se dirigió a una mesa alejada. Respiré con alivio. No nos había visto. Miré

el reloj en un intento de fingir que me quedaba poco tiempo libre.

 -¿Sí? – le sonreí nerviosa.

 Pausa. Ahora él estaba tímido. No se animaba a preguntarme algo. Sonrió nervioso. Se acomodó

los lentes. Sorbió un trago largo de café. Me contagiaba su ansiedad. Me miró directo a los ojos.

No pude sostener la mirada. Giré la cabeza levemente. En ese momento noté que el profesor

González venía hacia nuestra mesa. Julián, de espaldas, no lo podía ver.

 Entonces hice algo realmente estúpido. Agaché la cabeza para que el profesor titular no me

reconociera, junté mis cosas aprisa mientras le murmuraba a Julián que se me hacía tarde, y huí.

Por suerte, el profesor González no me reconoció. Salí con el corazón en la boca. Aunque feliz,

porque había hablado con Julián. No podía dejar de pensar qué hubiera pasado si el profesor no

hubiese aparecido. ¿Qué era aquello que Julián no se atrevía a preguntarme?

 Esa misma noche, en mi casa, al ordenar los apuntes, me di cuenta de algo: una de las poesías

que le había escrito a Julián esa tarde, había desaparecido.

 Próxima entrega: La poesía perdida + la nota del 1° parcial.

22 de enero de 2014

Julián y yo en el mismo bar (II)



 El mozo le sirvió el café. Julián se quitó los anteojos, los dejó a un lado en la barra. Mientras

revolvía el azúcar en el pocillo, su vista giró hacia la concurrencia del bar. Su mirada se detuvo

por unos breves segundos en mi mesa. El corazón me empezó a latir de los nervios. Me acordé

del cuento de Poe. Ojalá no hiciera ninguna estupidez que delatara mi presencia. Yo era feliz

observándolo a la distancia. Casi espiándolo sin que él supiese que estaba ahí. Si él me veía, no

me quedaría otra opción más que hablarle. No me sentía preparada para esa situación.

 Ya lo dije una vez. Siempre fui decidida con los hombres. Sin embargo, Julián –sin saberlo- logra

que me sienta una adolescente tímida y vergonzosa. Bajé la cabeza, disimulando. De reojo vi que

se había puesto los anteojos y miraba, ya de frente, hacia mi dirección. Sin lentes, había visto un

rostro familiar, y ahora con ellos, me reconocía de su clase. Volví a inclinar la cabeza. Fingía estar

absorta en mis apuntes.

 De pronto, una frase vino a mi mente, que completaba otra poesía a medio escribir en una

servilleta de papel. La anoté con prisa, antes de perder la línea de cierre:

SIN POSIBILIDAD IMPOSIBLE NO

Quizás te quiero porque callo

y caigo tal vez en quererte

sin posibilidad de que lo sepas

tampoco sabré si me quieres.

L.R

 Sonreí. No sé qué pensaría Julián si supiera que en vivo y en directo, me estaba inspirando

poesías. Sí, lo confieso, en sus clases, además de tomar apuntes, también le escribo poesías. Por

el rabillo del ojo vi que alguien se había parado frente a mi mesa. Seguramente el mozo quisiera

cobrar la cuenta. Alcé la vista. El corazón me dio un vuelco. Era Julián. Sostenía el plato del pocillo

de café con una mano. Me sonrió.

 -¿Puedo? – dijo, señalando la silla vacía.

 Asentí con un gesto de cabeza y una sonrisa nerviosa. Todas las gamas del colorado subieron

a mi cara. Mientras Julián se apoyaba su café en la mesa y se sentaba, escondí apresuradamente

entre los apuntes, las poesías que le había escrito en servilletas.

 -¿Estabas estudiando? No quiero molestar…

 -No… bueno, sí. Tengo parcial de Literatura Alemana.

 -Y estás sentada en la mesa de Hesse – dijo, con una sonrisa en los labios.

 -Sí. Es uno de mis autores favoritos.

 -Otro de los míos, también.

 Sonrió. Sonreí. Se produjo un silencio.

 -No te quiero molestar – dijo, levantándose.

 Lo tomé del brazo, apenas.

 -No, por favor. Quedáte.

 (continuará)

 Próxima entrega: Julián y yo en el mismo bar (III)

15 de enero de 2014

Más poesías para Julián + él y yo en el mismo bar (I)

En la esquina de la facultad de letras hay un bar. Me gustar ir ahí. Si bien se llena de estudiantes, es un lugar cálido. Tiene esas mesas y sillas de madera vieja, típicas de bares antiguos de Buenos Aires. En las paredes hay afiches enmarcados con autores de la literatura mundial. Siempre me siento bajo el cuadro de Hermann Hesse, en la mesa seis, que está pegada a una de las ventanas que da a la vereda. Me gusta, desde adentro, ver caminar a la gente en la vereda. Pero más me gusta porque descubrí que Julián pasa todos los lunes a las ocho menos diez de la noche, seguramente para dictar una clase en otra cátedra. Desde que tuve ese dato que me cito a mí misma allí, todos los lunes a las siete y media, para estudiar. Claro, luego de que veo a Julián, lo que menos puedo hacer, es concentrarme.
  Ese día había llegado demasiado temprano. Tenía que estudiar para un parcial. Cada tanto, para despejar la mente, me salían algunas frases sueltas que anotaba en una servilleta del bar. Líneas inspiradas por Julián.

    ANDAMOS QUE NO

En estas idas y venidas                                       
andamos                                                              
andamos donde sin rumbo                                  
buscando un rastro buscando
sin encontrar encontrando
perdida yendo y viniendo
sin saber sin querer sospechando
queriendo todo diciendo a medias
callando penando penando
con la angustia que quema el pecho
sin llorar riendo y llorando
poco me queda más la espera
la incertidumbre la agonía
así andamos.
L.R

     Cuando terminé de escribir la poesía, se abrió la puerta del bar. Levanté la vista. Se me cayó la birome de la mano. Era Julián. Vestía una remera de mangas largas, negra, ceñida al cuerpo, jeans azules y zapatillas. Cargaba unos libros bajo el brazo. Casi como un acto reflejo, me acomodé el pelo y sonreí. El no me vio. Tenía la mirada perdida en sus pensamientos. Se dirigió a la barra. Estaba solo. Se sentó, dejó los libros sobre una mesa y pidió un café. No podía dejar de observarlo. ¿Estaría esperando a alguien?
     Durante los siguientes minutos intenté concentrarme en el estudio. Fue imposible. Tenía a Julián en diagonal a mí. Solo. ¿Y si voy y le hablo? –pensé.
I

Si vas a negarme el ser
prefiero la ficción del ensueño                                            
 que más duele este silencio
cuando quiero decir y no puedo.
L.R.

Próxima entrega: Julián y yo en el mismo bar (II)